El día que los platos dejaron de romperse marcó el inicio de una máquina que ha cambiado la vida en cocinas de todo el mundo. Josephine Garis Cochrane convirtió un problema cotidiano en una solución capaz de limpiar la vajilla sin dañarla, después de diseñar un sistema que utilizaba agua caliente a presión dentro de una estructura cerrada.

La inventora estadounidense registró su patente en 1886 y puso en marcha un aparato pensado para ahorrar tiempo y evitar pérdidas materiales en entornos con gran volumen de trabajo. Con el paso de los años, esa máquina acabó convirtiéndose en el lavavajillas actual.

El aparato limpió cientos de piezas sin frotarlas

El sistema que ideó Cochrane permitió lavar grandes cantidades de vajilla con agua a presión sin dañarla y se apoyaba en una estructura interna diseñada para mantener cada pieza en su sitio mientras el agua circulaba con fuerza.

En la práctica, el aparato partía de una caldera de cobre donde se instalaba una rueda metálica horizontal con compartimentos de alambre ajustados al tamaño de platos, tazas o cuencos, de modo que cada elemento quedaba fijado y no chocaba con el resto durante el proceso.