Podemos pensar que aún nos quedan mañanas tranquilas y sobremesas de terraza, noches al fresco, piel morena y café con hielos para rato. Podemos centrarnos en que todavía queda la feria y el fin de semana en el pueblo, en que aún hay tres semanas por delante de niños por la calle en horario de nueve a dos. Pero, como cada año, la virgen de agosto ya anuncia el final: al verano le quedan dos telediarios, y en ellos no se hablará más que de penurias, pasado el asombro del eclipse y la alegría del Mundial.Sin embargo, todavía quedan unos cuantos temas de nevera, de esos que se guardan en las redacciones por si ese día Ayuso u Óscar Puente están de vacaciones. Debates aparentemente más superfluos que los políticos pero que muchas veces dicen más de nuestro tiempo que ellos. Como por qué ya casi nadie enseña las tetas. El toples, esa práctica presuntamente liberadora, está en retroceso. Resulta que, tras unos años intentando desexualizar los pechos femeninos, reivindicando que un torso de hombre y uno de mujer eran equivalentes, la gente no se lo ha tragado. Hay quien señala al llamado auge reaccionario como culpable, pero la realidad es que Torrente jamás se negaría a verle las lolas a nadie. La nueva derecha es más liberal que conservadora, en ella puede convivir el rechazo al inmigrante con la defensa de las libertades sexuales y de vestimenta. Por eso habitualmente las usan como ariete contra, por ejemplo, los musulmanes. El fenómeno es multicausal. Es probable que las mujeres hayamos dejado de hacer toples por miedo a ser fotografiadas o juzgadas. Pero también y sobre todo por la sexualización extrema y la autoobservación neurótica a la que nos invita nuestro tiempo. Tras unas generaciones que quisieron desexualizar los pechos llegaron otras que, con conciencia o sin ella, se rebelaron. Y se dieron cuenta de que la manera de resexualizarlos era cubrirlos. Es de primero de erotismo: por mucho que la pornografía nos haya frito el cerebro, no hay deseo si no hay pudor, al menos un pudor performado, un pudor teatral y minúsculo como una pezonera. Por eso las bragas del biquini se hacen testimoniales (hemos visto incluso a la princesa Leonor en tanga, algo incompatible con ese presunto puritanismo creciente) mientras cada vez menos mujeres enseñan los pechos.Tampoco los enseñamos por el escrutinio al que nos somete el mundo y nosotras mismas, redes sociales e industrias de moda y belleza mediante. Podría parecer paradójico: el tiempo en el que más mujeres se operan las tetas es también en el que menos las enseñan en playas y piscinas. Porque la que las tiene operadas no se piensa perfecta —tuvo que invertir dinero, le quedaron cicatrices en cuerpo y quizá en alma y no quiere que se le noten—, y la que no ha pasado por el quirófano tampoco siente que lo sea porque se compara con la que sí. El viejo puritanismo quería ocultar el cuerpo porque lo consideraba pecaminoso; el nuevo capitalismo hedonista lo ha convertido en un producto que ha de ser optimizado. Por eso lo manufactura, lo pule y le pone un envoltorio que lo haga atractivo. Así que, si se trata de tetas, quizá lo que debería alarmarnos no es el auge de un presunto puritanismo que nos hace cubrirnos sino una sexualización tan voraz que nos ha llevado a normalizar que miles de mujeres se metan en un quirófano y se sometan a una anestesia general para arrancarse los pezones y colocarse unos implantes. Porque, si somos serios, tendremos que reconocer que eso es mucho más violento —y está más generalizado— que cualquier mirada de desaprobación en la playa.