Llevar desabrochado un botón de la camisa comunica desahogo prudente. Dos, un cierto desenfado. Tres, relajación definitiva. Cuatro es un salto al vacío. Más allá de eso, nos ha devorado el abismo. Pero el abismo ya se pasea por la calle, si nos atenemos a lo que puede verse en nuestras ciudades durante los meses de verano. Ya sea a pecho descubierto, ya en la versión más púdica que interpone una camiseta interior, las camisas abiertas proliferan en la moda masculina. “La cuestión es qué intención mueve a ello”, apunta Baruc Corazón, diseñador que ha alcanzado reconocimiento gracias a la marca que lleva su nombre, especializada precisamente en camisas. “Si se hace con naturalidad, tiene un componente liberador. Como provocación, implica devolverle a la moda una pelota de ping-pong. Pero si es como exhibición, responde a la cosificación del cuerpo, convertido en una prenda más”. En efecto, en el principio era la liberación. Durante un tiempo, desde finales de los años sesebta y durante toda la década siguiente, era muy habitual que los hombres se dejasen ver con la botonadura de la camisa desabrochada, con la presencia de cadenas o medallones como elemento ornamental potestativo. Había razones históricas y sociológicas de peso: después de mayo del 68, las nuevas generaciones buscaban distinguirse de sus predecesoras asumiendo unas opciones estéticas menos rígidas. La camisa abierta excluía la corbata, encarnación del viejo mundo que urgía dejar atrás. Además, no había entonces demasiados reparos al vello corporal, de modo que la posibilidad del depilado ni siquiera se planteaba. Todo galán europeo o americano que se preciase seguía este patrón indumentario: Alain Delon, Jean-Paul Belmondo, Fabio Testi, Giuliano Gemma, Helmut Berger, Robert Redford, Burt Reynolds y nuestros Juan Luis Galiardo o Vicente Parra entre ellos. En el filme La piscina, de Jacques Deray -estamos en 1969-, Alain Delon y Maurice Ronet no tienen reparos en lucir torso prácticamente hasta el ombligo, en un estilo que parece seguir, avant la lettre, el de Jennifer López y su famoso vestido verde de Versace 30 años más tarde. Lo mismo puede decirse de estrellas musicales como Jimi Hendrix, Serge Gainsbourg, Jacques Dutronc o Sacha Distel. De los playboys profesionales de la época, estilo Gunther Sachs, ni hablamos. Pero es que hasta los magnates como Onassis o Agnelli se soltaban algún botón de más en cuanto abandonaban la sala de consejos o la pista de esquí. La moda disco de finales de los setenta (recurramos a la imagen de John Travolta en Fiebre del sábado noche) siguió dando alas a esta práctica. Pero inmediatamente después, en cuanto empezó a atisbarse el cambio de ciclo político, cayó en desgracia. Entrados los ochenta, y con la supremacía de líderes conservadores como Reagan y Thatcher bien asentada, que un hombre se paseara con la camisa abierta se percibía como algo rijoso, hortera e incluso estéticamente ofensivo. El estilo de Paul Michael Glaser en Starsky & Hutch quedó pronto reducido a una antigualla. Cierto es que no faltaron numantinos como el David Hasselhoff de El coche fantástico o el Tom Selleck de otra serie, Magnum P.I., que se emitió entre 1980 y 1988. Selleck aún se beneficiaba de la coartada de la ambientación tropical, pero incluso en su caso se apreció una clara evolución: en las primeras temporadas, llevaba las camisas hawaianas bien escotadas, pero pronto se fueron cerrando los botones, al tiempo que iban ganando terreno los polos, que no ofrecían esa posibilidad. Tras casi cuatro décadas proscrita, esta tendencia ha regresado sin complejos. Solo que esta vez emerge desde unas coordenadas sociológicas y estéticas bien distintas. La sexualización rampante y el culto al cuerpo del mundo actual parecen tener cierta responsabilidad en ello, como sugería Guillermo Alonso en un artículo publicado en ICON en 2023, que daba cuenta así de la evolución del fenómeno: “La eclosión de jóvenes estrellas masculinas cosechando titulares gracias a delicadas prendas que dejan su canalillo al descubierto representa el triunfo de una visión contemporánea de la masculinidad […] Pero el fenómeno no hace más que subrayar el eterno encanto del torso masculino”. En esta línea, el modelo y actor Alton Mason dio que hablar el pasado mayo, en la última edición del festival de Cannes, gracias a una variedad de camisas abiertas hasta el cuarto botón que mostraban unos pectorales primorosamente esculpidos. Para entonces, Manu Ríos, Harry Styles, Alexander Skarsgaard o Jon Kortajarena ya habían hecho lo propio en editoriales, festivales y alfombras rojas. Bad Bunny ha mostrado sus tatuajes por obra y gracia de los botones libres de ojal en el programa cómico Staurday Night Live. Y de todo esto ha tomado ejemplo el estilo urbano más cotidiano. Así lo resume Baruc Corazón: “Cuando se invierte tiempo y dinero en cirugía estética, tratamientos corporales y trabajo muscular, el cuerpo se convierte en un activo a compartir, y se quiere presumir de él. Creo que en este sentido es como hay que entenderlo en tanto que tendencia”. Tendencia de la que Leticia García, redactora jefa de moda de S Moda, no es demasiado partidaria, por razones tanto estéticas como políticas. “Me parece maravilloso cuando en los cincuenta y sesenta y los hombres se soltaban el primer botón, pero cuando después empezó a hacerlo gente como Tom Jones o Burt Reynolds ya me parece algo más propio de la masculinidad de esa época”, valora. “Resulta paradójico, porque el escote viene de las mujeres, cuya moda ha estado hecha para la mirada masculina, es decir, que se elaboraba a imagen y semejanza de lo que le gusta al hombre. Mientras que, en el caso de las camisas masculinas desabrochadas, lo que se buscaba era mostrar virilidad en el peor sentido de la palabra. Que esa costumbre regrese en el mundo actual representa una vuelta a eso. Tristemente, veo una intención anacrónica y reaccionaria justo cuando en las mujeres vuelven la discreción y el beige, tipo tradwife. Es el bro viril, el que enseña el pecho”. Desde luego, llama a atención que, mientras que en el hombre el pectoral al aire se considera aceptable, para las mujeres no se emplee la misma vara de medir. El pecho femenino sigue constituyendo, pues, un estricto tabú, pese a la variable extensión de los escotes que se les ha aplicado a lo largo de siglos de historia de la moda. Pero, al mismo tiempo, el escote masculino es precisamente uno de los principales elementos utilizados para parodiar esa masculinidad algo rancia que durante mucho tiempo se le ha asociado. En la comedia Zoolander (2001), Owen Wilson muestra un enorme tatuaje tribal tras su escotada camisa de paramecios. Y en Los Simpson, Duffman, la mascota de la marca de cervezas ficticia Duff, deja ver su pelambrera por encima del pico del traje de superhéroe. Por otro lado, como todo en la moda -y fuera de ella- está interrelacionado, el auge de las bermudas, a su vez propiciado por el cambio climático y la infantilización de la sociedad, también ha podido contribuir a este regreso de la camisa abierta entre la población masculina. El principio es sencillo: por estricto contraste, los pantalones cortos (últimamente, incluso de gimnasia) combinan bien con las camisas de manga larga, y cuando suben las temperaturas siempre cabe el recurso instintivo de soltarse unos cuantos botones de la parte superior. De este modo, el atuendo completo encarna una contradicción esencial del hombre contemporáneo: mitad infante eterno, mitad objeto sexual. Si a esto le añadimos unos mocasines de cuero, que de la noche a la mañana han pasado de verse rodeados de un aura de ranciedad a desbancar a las zapatillas deportivas como calzado urbano por excelencia, obtenemos un fascinante acoplamiento de elementos contradictorios. En cuanto a la pertinencia de trazar líneas rojas, Leticia García lo tiene muy claro: “Cada uno que haga lo que quiera, pero para mí no es lo mismo desabrocharse un par de botones a lo Kennedy que seis solo para enseñar el pecho. Igual que los escotes pronunciados en las mujeres me parecen una ofensa, porque están para que un tío te mire, tampoco me agradan en los hombres. Enseñar pectorales no deja de ser una muestra de algo que va más allá y que no me gusta”. Todo lo contrario que Baruc Corazón: “No creo en las líneas rojas en la moda. Las líneas rojas se dibujan con lipstick”.