Supongamos, por ejemplo, que, seducido por el remanso de paz que todavía conservan muchas calas nudistas frente a la masificación de la mayoría de las playas (convertidas en los últimos veranos en auténticos refugios públicos para escapar de un calor que la emergencia climática vuelve cada año más insoportable) uno se atreve un día a despojarse del bañador y a vencer ese pudor casi instintivo que acompaña a cualquiera en su primera incursión en ese mundo.Es probable que, franqueado ese primer umbral, uno se descubra caminando con paso ligero sobre la arena, con el único propósito de alcanzar cuanto antes el agua y ponerse a salvo.Y es muy probable también que, ya desde allí, empiece a disfrutar del incomparable placer de nadar desnudo mientras naufraga entre el alivio y sus propios prejuicios al comprobar que nadie repara en él. Basta levantar la vista para descubrir que el resto de bañistas campa a sus anchas, ajeno tanto a la incomodidad de un bañador mojado como a la tiranía de unos cánones estéticos que, desde hace décadas, parecen gobernarlo casi todo.Precisamente, el nudismo se convirtió esta semana en el motivo de desencuentro de una pareja que acudía a su primera cita en un conocido programa de televisión. Por razones bastante menos prosaicas que las hasta ahora expuestas, él reprochaba a su acompañante una supuesta mentalidad anticuada por negarse a practicarlo. Ella, visiblemente incómoda, no solo descartaba desnudarse en una playa, sino que dejaba claro que tampoco aceptaría que lo hiciera la persona con la que compartiera su vida.Participantes en la acción festiva y reivindicativa celebrada el 7 de junio en la playa de Illa Roja Associació Club Català de Naturisme“Mi hermana nudista, sus hijos textiles. Yo textil. Hay que respetar las opiniones. Si te gusta estar en una playa nudista perfecto, pero no la juzgues si ella no quiere quitarse la ropa”, escribía Covadonga en un acalorado debate llevado a las redes. Por fortuna, su mensaje comulgaba con el sentir de muchos usuarios, que finiquitaron la controversia apelando al respeto mutuo.Una idea que comparte también Segimon Rovira, portavoz de la Federación Naturista Nudista de Catalunya (FNNC), quien defiende que el escenario ideal pasaría por la convivencia en cualquier playa entre quienes optan por llevar bañador y quienes prescinden de él, aunque reconoce que la realidad dista mucho de ese principio. “Si nosotros vamos a una playa donde no hay tradición nudista, la gente protesta e incluso llama a la policía. En cambio, cuando sucede lo contrario, se acepta con total normalidad. No estamos en las mismas condiciones”, señala.Desde la derogación de la Ley de Escándalo Público, en 1989, el nudismo dejó de estar sancionado en España y puede practicarse en cualquier playa, salvo que una ordenanza municipal establezca limitaciones. Es el caso de Barcelona, donde la normativa, vigente desde 2011, circunscribe esta práctica a la playa de la Duna de la Mar Bella y a una zona de la playa de Sant Sebastià. Una limitación que refleja la escasa presencia de espacios tradicionalmente naturistas en el litoral catalán, que cuenta con alrededor de 435 playas repartidas a lo largo de unos 580 kilómetros de costa, de las que apenas unas 60 mantienen esa tradición.Una ya de por sí reducida disponibilidad de espacios, aún más asfixiada desde la pandemia por la masificación, el auge del turismo y la creciente presencia de bañistas textiles, según denuncia Rovira.“Lo que pedimos es que si la gente va a una playa de tradición nudista, se adapte. Que pruebe el nudismo. Y si no quiere practicarlo, tiene muchas otras playas para ir y no incomodar a los nudistas; porque nosotros sí vamos normalmente a playas que están señalizadas o que existe la tradición naturista”.El rechazo al nudismo responde menos al pudor que al miedo a la mirada ajena, dice la psicóloga Mayra AryzaLa pérdida de estos espacios también coincide con el miedo creciente a ser fotografiado con un teléfono móvil, además de con un cambio en la forma en que las nuevas generaciones se relacionan con su propio cuerpo. Para la psicóloga y sexóloga Mayra Aryza, esta mayor reticencia a desnudarse en público responde menos a una cuestión de pudor que al aumento de la autoobservación y del miedo a la mirada ajena. En su opinión, pese a haber crecido en un entorno aparentemente más abierto a la diversidad corporal y sexual, muchos jóvenes se sienten hoy más vulnerables al juicio externo que las generaciones anteriores.“La exposición continuada de cuerpos idealizados o aparentemente perfectos en redes sociales favorece la comparación social y la auto-objetivacion corporal: es decir, la tendencia a verse a uno mismo desde la mirada de los demás y a evaluar su propio cuerpo en función de estándares estéticos, difíciles de alcanzar”.Parafraseando a la propia Ariza, quizá la mayor paradoja de nuestro tiempo sea que, mientras el cambio climático nos obliga a enseñar más piel que nunca, la mirada de los demás nos empuja a ocultarnos como nunca. Nunca el cuerpo había estado tan expuesto y, sin embargo, nunca había resultado tan difícil mostrarlo tal y como es.Andaluza, afincada desde 2017 en Barcelona tras media vida en Madrid. Licenciada en Periodismo (UCM) con un Máster en Periodismo en Radio y Televisión. Redactora de la sección Gente y Televisión de La Vanguardia.
Nudismo y 'dress code', por Mamen Polaino
Supongamos, por ejemplo, que, seducido por el remanso de paz que todavía conservan muchas calas nudistas frente a la masificación de la mayoría de las playas (convertidas en los últimos veranos en auténticos refugios públicos para escapar de un calor que la emergencia climática...






