El verano es unisex. Exacerba la vanidad en ambos sexos. Es imperativo verse sexy y exponerse al insano escrutinio de la mirada ajena. El look antiaging de las estrellas de Hollywood va más allá de la fascinación al llegar el verano. Por mucho que sepamos que, aparte del buen dormir, el buen comer y el no trabajar demasiado, el resto es puro truco. Hasta las calles de Hollywood tienen su truco.El decadente Paseo de la Fama hay que visitarlo sin expectativas y, a ser posible, al atardecer, con el sol de cara. Es de los lugares más decepcionantes del planeta, una avenida con cero pedigrí, locales abandonados, basura amontonada y cadenas de comida rápida. Pero si se transita con la cabeza gacha y la mirada puesta en las estrellas incrustadas en la acera –ojo, casi pisas a Buster Keaton o se te escapa Ava Gardner–, la experiencia puede ser hasta pintoresca. Una zarza ardiente de las vanidades.Simon Baker, en el open de tenis de Australia Phil Walter/Getty Images)No obstante hay una estrella reciente –serían dos si Ethan Hawke tuviera también la suya– que permite reconciliarse con toda esa farsa. Es una que invita a abrazar el curso de la vida y su decrepitud. Se la concedieron en el 2013 a un wonder boy del Hollywood televisivo, protagonista de las recuperadas series El guardián y El mentalista. Un hombre de frondosos rizos rubios y sonrisa desarmante que exuda nobleza y que envejece sin darle muchas vueltas. Ahora se le ve paseando por la pantalla sus tremendas arrugas de surfero cincuentón sin miedo a ofender al mundo, tan intolerante con las superficies desaseadas.La prueba de que Simon Baker está por encima de mandatos estéticos es el arrojo con que comparte planos con Nicole KidmanActor talentoso, algo tímido y con madera de director, no ha disfrutado precisamente de ser el “hombre más sexy de la televisión mundial”, ni de que le pasearan por esos shows mañaneros estadounidenses para señoras desatadas que tiñen canas. Una vez acabó con El mentalista, se retiró a su Australia natal, interpretó sin ambages a maduros dejados, dirigió su ópera prima –esa muy personal Breath que ahora está en Filmin– y protagonizó un valioso western sobre la matanza aborigen.Pero volviendo al verano antiaging, la prueba de que Simon Baker está por encima de mandatos estéticos es el arrojo con que comparte planos con su amiga y paisana Nicole Kidman, la reina del cutis artificial, en la serie Scarpetta. No está mal para un tipo que se negó a ver El diablo se viste de Prada al comentarle una amiga: “¡Qué demonios pasa con tus cejas en esa película!”. Algún genio del maquillaje se las había decolorado y no quiso verse así jamás. Una reacción “absurdamente vulnerable y vanidosa –ha confesado–. Sí, esas cosas me afectan más de lo que la gente se imagina”. Pero le afecta el artificio, el no reconocerse, no el hacerse mayor con naturalidad.Es redactora de La Vanguardia desde 1989, responsable en los últimos años de las áreas de ópera, danza y música clásica para la sección de Cultura. Anteriormente se especializó en temas de igualdad entre sexos y solidaridad. Ha publicado series sobre la prostitución y la evolución de las costumbres sexuales. Nacida en 1967 en Tortosa, en la comarca del Baix Ebre, es licenciada en Periodismo por la Universitat Autònoma de Barcelona y en fotoperiodismo por el International Center of Photography de Nueva York