Cuando Bad Bunny se presentó en la alfombra roja de la Met Gala convertido en un caballero canoso, con bastón y con la piel curtida por las manchas y las arrugas, muchas webs se apresuraron a hacer un análisis. Casi todas tiraban del propio catálogo de la exposición del Metropolitan, que en su repaso a tipos de cuerpos que el mundo de la moda ha ignorado históricamente se detenía en el envejecido. Ese con el que, si nada se tuerce, vamos a terminar todos. El propio catálogo de la exposición decía en un extracto: “Tal vez reflejando nuestro miedo a tener que enfrentarnos a nuestra propia mortalidad, la industria de la moda orientada a los jóvenes ha ignorado tradicionalmente el cuerpo envejecido”.Esa aparición del astro pop en la alfombra roja más famosa del mundo (con permiso de los Oscar) llama la atención por ser lo contrario a lo que solemos ver: alguien de cierta edad intentando aparentar muchos años. menos. Poco después, en otra alfombra de proyección mundial, la del Festival de Cannes, se daba el caso contrario con John Travolta. A sus 72 años el actor figuraba en la alfombra roja con barba tupida y oscura, el rostro con pocas arrugas y una boina colocada con algo de ironía postmoderna (él explicó que le hacía parecer un mejor director de cine). “Travolta reaparece más joven que nunca a sus 72 años”, dijo un titular de ¡Hola! Ese “más joven que nunca a sus 72 años” esconde, tras su naturaleza de titular inocuo y amable para definir el buen estado físico de una estrella muy querida por el público, un ejercicio dialéctico para definir de forma sencilla algo que ocurre cada vez más a menudo: que hay estrellas que no solo parece que no envejecen, sino que se quedan congeladas en cierto momento de una idea generalizada que el público tiene de ellas. Esto está ocurriendo con estrellas que tienen entre 50 y 70 años y que han aprovechado un momento en el que la cirugía permite que los rostros mantengan aspecto juvenil sin que su aspecto se resienta, algo que ha costado a estrellas de generaciones anteriores convertirse en objetivo de las bromas más crueles de Internet: desde Kim Novak en su aparición en los Oscar en 2014 a Mickey Rourke, Kenny Rogers o Sylvester Stallone. Estábamos más acostumbrados, claro, a que esto le suceda a mujeres. Mujeres que han establecido una imagen como mitos sexuales y no se pueden permitir (porque tal vez el público jamás lo entendería) mostrarse con los signos normales de la edad. Así, desde Madonna a Jennifer Lopez, ciertas estrellas femeninas del pop viven en una lucha sin cuartel contra el tiempo, manteniendo, con todas las vías posibles, una imagen de sí mismas que parece existir fuera del tiempo. No sólo por cómo lucen, sino por lo que hacen: giras mundiales, coreografías imposibles y una actitud (tener TikTok, pongamos) que hasta nace no mucho eran, para el imaginario colectivo, cosas de jóvenes. Demi Moore es un ejemplo: no parece haber envejecido y sus campañas publicitarias para marcas de belleza podrían confundirse con una campaña de los años noventa. “Lo que ha cambiado no es solo la técnica quirúrgica, sino la forma de entender el envejecimiento facial”, explica el cirujano Marco Romeo a ICON. “Durante décadas, la cirugía facial clásica trabajaba principalmente tensando piel. Eso generaba ese aspecto tan reconocible de cara operada: rostros tirantes, expresiones artificiales y pérdida de naturalidad. El problema era que realmente la cara no envejece solo porque la piel se descuelgue. Envejece porque las estructuras profundas cambian de posición, los ligamentos se relajan y determinados compartimentos grasos pierden volumen o cambian de posición.”Ese cambio de comprensión anatómica del rostro fue, según el doctor, la gran revolución en la cirugía y esos rostros que vemos, principalmente, en pantallas, revistas y redes sociales. “Hoy las técnicas más avanzadas, como los lifting SMAS o el deep plane facelift, no trabajan únicamente sobre la superficie. Actúan sobre estructuras profundas que sostienen realmente el rostro. En vez de generar tensión en la piel, reposicionan tejidos en un plano mucho más anatómico. También ha cambiado el vector de tracción. Antes se tiraba lateralmente; ahora se intenta reposicionar verticalmente, reproduciendo el movimiento contrario al envejecimiento natural. Eso hace que el resultado sea mucho más armónico.”“Además”, continúa, “hoy existe una filosofía completamente distinta. Antes muchas veces se perseguía transformar una cara; ahora la tendencia dominante es preservar rasgos y conseguir resultados cada vez menos evidentes. Otro cambio importante tiene que ver con el volumen facial. Durante una época hubo un exceso de rellenos y aparecieron rostros demasiado hinchados o artificiales. Actualmente la tendencia es mucho más conservadora. Se intenta restaurar soporte y calidad tisular, no rellenar indiscriminadamente. Por eso han ganado importancia procedimientos como el lipofilling o determinadas técnicas de bioestimulación, que permiten recuperar volumen de forma mucho más natural. Y quizá hay otro cambio clave: ahora se interviene antes y de forma más progresiva”. Sí, ¿pero yo qué hago?Las modernas técnicas quirúrgicas no son, en todo caso, accesibles a todos los bolsillos. O bien, aunque lo sean, muchos no se atreven con procesos más invasivos. Pero hay una cierta norma social que se ha colado en el siglo XXI sin que nadie la invitase: que no se puede parecer viejo. La ciencia está estudiando cómo ser cada vez más viejo, pero a la vez estudia también cómo no parecerlo. Las imagenes de celebridades como las antes mencionadas nos ponen frente a un espejo: ¿Tom Cruise tiene 63 años? ¿Y por qué parezco entonces yo más viejo que él si tengo 43? Las redes sociales, siempre prestas para ponerle un nombre a todo, lo llaman agemaxxing: los intentos de desacelerar el envecimiento con técnicas más o menos caras, más o menos invasivas. “Si hay algo que ahora hay que disimular y que da vergüenza o que hay que intentar evitar es la vejez”, declaró Nacho Canut en una entrevista a este mismo medio en 2019, cuando el término agemaxxing aún no existía. “Te perdonan ser todo lo que quieras ser, pero viejo no”. Las generaciones nacidas a finales de los setenta o durante los ochenta, o sea, ese momento en el que un hombre se convierte en eso de concepto tan laxo llamado “un madurito”, son muy conscientes. Se han enfrentado a mil memes que comparan, por ejemplo, a las protagonistas de Las chicas de oro con mujeres de la misma edad de la actualidad: en la primera temporada esas señoras tenían 53 años. O sea, eran más jóvenes que Jennifer Lopez en la actualidad. Ha ocurrido también con los hombres: antes, con 60, se podía ser Sean Connery. Hoy hay que ser Tom Cruise. “A partir de los 35 empecé a notar señales bastante claras de que me había hecho mayor: resacas de tres días, dolor de espalda al levantarme, ojeras permanentes aunque durmiera ocho horas, la papada asomando tímidamente...“, explica Víctor, publicista de 41 años. ”El cuerpo empieza a mandarte señales que antes no enviaba. Ahora paso por el taller un par de veces al año: bótox en el tercio superior, vitaminas, mucho protector solar de 50 para intentar frenar el viejazo y bastante rutina de piel. Me gasto una pasta en suplementos que no sé si funcionan, pero a nivel placebo me valen. Con 40 me hice una blefaroplastia que me quitó unos cuantos años de encima, aunque en paralelo empecé a llenarme de canas; pelo, barba y otros sitios que no puedo contarte aquí. Antes me obsesionaban más y me las teñía con unos barros para que pareciera natural, pero he aprendido a abrazarlas porque vivir pendiente de eso es agotador. Y tampoco quiero acabar pareciendo El Puma".Otros hacen un cambio más hacia el interior. “Empecé a notar que me hacía mayor cuando me di cuenta de que me faltaba energía para enfrentarme a cosas que antes hacía casi sin pensar y de que mi cuerpo ya no se recuperaba tan rápido”, explica Javier, informático de 47 años. “Esto me ha obligado a ser más selectivo y a plantearme si muchas de las cosas que solía hacer de forma mecánica realmente merecen la pena. ¿Me compensa estar en un bar hasta altas horas de la madrugada, habiendo bebido más de la cuenta? Pues depende. Y hace unos años la respuesta hubiese sido siempre sí.”“Las ventajas de ser alguien que siempre ha parecido mayor de lo que es, en mi caso entrando a discotecas cuando tenía 14 aparentando que tenía 18, es que siempre me he sentido mayor y viejo”, cuenta Claudio, periodista de 46 años. “Así que cuando llegaron los cuarenta, me rapé y empezaron a surgir las primeras arrugas, no he notado nada de diferencia. Me siento igual que hace 20 porque me comporto igual que hace 20”. Esta afirmación es importante: hoy los hábitos de vida han cambiado, tenemos la mitad de hijos que hace 20 años, nos casamos cada vez más tarde (España es el país de la Unión Europea donde más tarde lo hacemos) y eso extiende, sin duda, cierta idea de la juventud. Según la Encuesta de hábitos deportivos en España de 2025, el 30% de españoles va a un gimnasio (o, al menos, están apuntados a uno). Hace diez años, la cifra era del 10%. El triple en solo diez años. ¿Qué ha cambiado? “Da la sensación de que antes tener músculos era una excepción. Ahora los músculos están en todas partes. En amigos, en la calle, en todas las series de televisión españolas”, explica Germán, de 43 años, que lleva yendo regularmente al gimnasio desde los 30. “Un día me vi en un espejo y, simplemente, no me gustó lo que vi. Me encuentro más joven ahora que entonces. Pero ir al gimnasio es también un hervidero de complejos: allí hay cuerpos absolutamente perfectos. Preparar la bolsa e ir cada mañana no es solo tener fuerza de voluntad física, también mental, porque en ese lugar te enfrentas a cuerpos jóvenes y perfectos. Es casi un régimen militar que te dice: prohibido ser viejo”.“Cuando vemos determinadas figuras públicas con edades avanzadas y rostros extremadamente jóvenes, evidentemente eso genera impacto y un debate que actualmente existe dentro de la profesión”, explica el doctor Romeo. “Además, muchas veces el público compara su envejecimiento normal con personas que tienen acceso a los mejores cirujanos, mantenimiento dermatológico constante, tratamientos continuos y recursos prácticamente ilimitados durante años”. Así, asistimos continuamente a un doble discurso en la prensa: para luchar contra el edadismo, se reivindica que mujeres y hombres que superan los 50 encadenan éxitos, hacen giras mundiales o protagonizan arriesgadas escenas cinematográficas, pero luego vemos a esos hombres y mujeres y vemos que los representantes de la madurez, del “tú sí que puedes y los años son un número”, son gente que aparenta 35. Solo queda pensar, mientras nos miramos al espejo: la intención era buena.