Decía Fernán Gómez que las bicicletas son para el verano, y la industria de la imagen insiste en que los cuerpos también. Eso sí, solo algunos: los depilados, tonificados, escurridos de grasa y dudas. Cuerpos que caben en bikinis XS, en stories de Instagram y en los márgenes del deseo hegemónico. El resto, cuerpos con pliegues, estrías, michelines y memoria, deben esconderse. Como si hubiera estaciones para existir. Como si el cuerpo fuera un vestido de temporada. Pero los cuerpos no son bicicletas. No se guardan en el trastero hasta que llegue el buen tiempo. No son mercancía. Son historia. Son política. Y todos merecen ocupar espacio y flotar en el mar sin culpa. La gordofobia estival no es anecdótica: es violencia estructural disfrazada de salud. Se cuela en titulares que “aconsejan”, en miradas que pesan más que la báscula, en influencers que tachan de valiente a quien simplemente habita su cuerpo sin pedir disculpas. Ojalá entendiéramos que todos los cuerpos son cuerpos de verano. Y de invierno. Y de vida. Porque no hay que merecer el sol. Solo sentirlo en la piel. Porque ya lo dijo la Gata: no vine a ser carne.

Estefanía Gómez Muñoz. León

La corrupción generalizada, hasta donde sabíamos, consistía esencialmente, en que: “tú me adjudicas obra pública y a cambio yo te doy una mordida”. Era, es, robar a los ciudadanos, porque esa mordida se cargaba, y con creces, al coste de la obra. Por la cuantía era fácil determinar cuál era más grave, si la Gürtel y el caso Koldo. El problema que aparece ahora es que la operación corrupta ha cambiado de mecánica. Ahora resulta que Pepito o Juanito compran modificaciones de leyes para beneficiar a los susodichos en el pago de impuestos. Para ello hacen falta un cargo público y un gestor privado. Montoro era las dos cosas.