Un bistec es un bistec. Pero ese bistec está más rico cuando, aunque sea de ternera y de tercera, tienes siete años, te imaginas que es de mamut, y que a ese mamut lo has cazado tú mismo, con tu arco y tus flechas, vistiendo unas botas estupendas de piel de tigre. ¡Qué pedazo de carne formidable, entonces! Todos los niños conocen la importancia del relato en las cosas del comer. Ya de mayores, la presbicia nos hace ciegos a los mecanismos y nos encontramos, con total naturalidad, asumiendo como una obviedad, que no se preparan bocadillos para la merienda de los críos con pan de misa, que no es normal desayunar fideos y que un cocinero es un titán, no un hombre, capaz de convertirse en el símbolo de un tiempo y un país enteros, incluso para quienes jamás han probado sus platos. A principios de los ochenta, España bulle de emoción por la revolución gastronómica sin precedentes que suponen el advenimiento de la ensalada de pasta de espirales tricolores, los donettes nevados y los muslitos de cangrejo. Vivimos nuestro primer gran romance con la restauración exótica en locales con dragones en la puerta y cuadros luminosos de pandas y cascadas en las paredes. El arroz tres delicias y el pollo con almendras caen en este país como una loncha de chóped en un hormiguero.Mientras tanto, en Sant Celoni, un pueblo a los pies del Montseny, un joven vacía los bajos de la masía familiar. La enfermedad de su padre ha precipitado su decisión de dejar los estudios y el trabajo de dibujante industrial. Nunca se planteó en serio ser cocinero, pero va a montar un restaurante para que siga entrando dinero en casa. A 70 kilómetros, un chaval de dieciocho años de l’Hospitalet de Llobregat rasca cacharros en la cocina de un hotel de costa en Castelldefels para pagarse unas vacaciones en Ibiza. Quiere ser futbolista. Acabará aterrizando a la vuelta de la mili en un chiringuito perdido de la Costa Brava llamado elBulli. Son ambiciosos y orgullosos. Tienen talento. Y en seguida oyen hablar el uno del otro. A lo largo de dos décadas, a través de las cuales el país normaliza los macarrones a la boloñesa, el sucedáneo de Módena y los pisos de 120 metros cuadrados, se hacen buenos amigos. Se visitan los domingos de librar. Coinciden en ferias y congresos, y a la salida van a tomar copas y a criticar con sorna al conocido común de turno. En 2008, Santi es el cocinero español en activo con más estrellas Michelin. Lleva en la chaquetilla todas las medallas posibles al mérito del cocinero clásico, y los emblemas de la tradición, el arraigo y el producto. Ferran, con tres estrellas en elBulli y una portada en Time, es el genio que convierte la cocina en un laboratorio, un icono cultural de alcance mundial. Gremio, medios y agencias se deleitan con el héroe ideal del relato que necesitan. Adrià es la oportunidad perfecta de dejar definitivamente atrás el cuento de la paella y las castañuelas para proyectar al mundo una imagen moderna y futurista. Y es una fuerza de atracción de turismo extraordinaria. Santamaria es un hombre de cincuenta años que entregó la mitad de su vida a subir a la montaña más alta para levantar la vista y descubrir que alguien le ha pegado una patada al tablero de juego y la cima ya no es la cima. Le queda hacer el papel de antagonista. Pasea su personalidad expansiva y teatral por los eventos más prestigiosos arremetiendo contra espumas y aditivos, contra el circo de las superestrellas, contra las alianzas publicitarias de algunos de sus colegas con el fast food. La industria alimentaria nos devora, más que nos alimenta, avisa. Su elocuencia llena artículos, entrevistas y columnas. Es una máquina de generar titulares. La platea aplaude. Adrià calla. Y con cada declaración inflamada tiemblan patrocinadores, periodistas, colegas, instituciones y millones de euros de prestigio y de marca acumulados.El 14 de mayo de 2008, cuatro meses antes de la quiebra de Lehman Brothers y del estallido de la crisis financiera más importante desde el crac del 29, cuando la gastronomía española vive el momento de mayor autoridad y proyección internacional de su historia, Santi anuncia la llegada de su libro La cocina al desnudo. A la luz de todos los focos posibles, sirve sus declaraciones más extremas y pronuncia las dos palabras más temidas en una discusión entre cocineros famosos: salud pública. Antes de que el libro toque las estanterías, el escándalo ya corre por las principales cabeceras internacionales. Aquí la maquinaria mediática dice basta y cierra filas en torno a Adrià de forma casi unánime, para salvaguardar el prestigio de uno de los pocos motores de crecimiento económico que le quedan al país, mientras el ladrillo se derrumba. Santamaria desaparece de congresos y actos. Los focos se apagan para él. Ese día termina la guerra entre colosos.En las cocinas profesionales rige una ley antigua: lo que pasa en la cocina se queda en la cocina. Sin importar el fervor con que se haya mentado a las madres, o la fuerza con que la sartén haya volado contra el cubo de la basura, cuando se marcha el último cliente uno se toma unas cañas con su compañero y todo se olvida. Las palabras recuperan su dimensión real y las bestias vuelven a su forma humana: la de gente cansada ganándose la vida haciendo de comer. Pero, ¿cuándo termina el servicio para dos cocineros que ejercen de símbolos en un espacio gastronómico que no está limitado por cuatro paredes? Santamaria murió en su restaurante en Singapur, el 16 de febrero del 2011, a los 53 años. Dijo “me está dando un bajón” y se desplomó. Quedaron pendientes dos cervezas entre dos amigos que, royendo cacahuetes salados medio revenidos, se ríen de alguien que no está y se chinchan con un “cómo se te calienta la boca, fantasma. Pero estuviste fino con eso del ravioli de gambas”, y un “lo que me voy a reír cuando alguien se harte de la broma de la sopa de polvos a doscientos euros y te espere en la calle, cantamañanas”.
Santi Santamaría y Ferran Adrià: la pelea entre amigos que saltó de la cocina a las portadas
Uno era emblema de tradición y arraigo; el otro, un genio que convirtió su restaurante en un laboratorio







