Cuando un sistema falla, la primera tentación consiste en encontrar una cara que firme el desastre. Es una operación antigua: los romanos colgaban el fracaso de la cosecha del cuello del emperador anterior, así como los teólogos medievales atribuían las pestes al pecado del soberano. En la actualidad, las democracias modernizaron la fórmula sin tocar el principio. En los años ochenta la culpa de todo la cargaba Reagan; luego, en los 2000, la cargaba Bush. Después cargó Obama, según el rincón ideológico del comentarista, y ahora queda en Trump. La biografía del señalado cambia, sin embargo la estructura del pensamiento permanece intacta.

La operación cumple dos funciones. Por una parte, sirve para descargar al observador del trabajo de analizar. Y por otra, es útil para postergar una pregunta inconveniente. Mientras dura el reinado del culpable único, todo se explica por su existencia. Así, queda flotando la promesa implícita de que el día en que se vaya, el problema desaparecerá. Los dos postulados son falsos, pero el segundo más que el primero.

Tomemos un caso concreto y verificable. El cierre parcial del Estrecho de Ormuz dejó a Europa sin acceso fluido a fertilizantes nitrogenados. Los países del Golfo Pérsico concentran cerca del 49% de las exportaciones globales de urea, y el tránsito por el estrecho cayó más de 70% desde el inicio del conflicto. Las plantas de fertilizantes de India, Bangladés y Pakistán cerraron la producción al quedar sin gas qatarí. Egipto perdió sus importaciones desde Israel y el precio internacional de la urea subió 30% en cuestión de semanas.