Cuando uno viaja de vacaciones, la preocupación suele ser aprovechar al máximo el tiempo libre y disfrutar sin demasiadas complicaciones. Durante el verano, miles de turistas se ven obligados, sin saberlo, a poner a prueba uno de los servicios peor valorados por la población catalana y utilizan los trenes de Rodalies para alcanzar poblaciones costeras y playas. Y, a partir de la comparación inevitable con los sistemas ferroviarios de sus países, las percepciones son muy distintas. “Están desgastados, son ruidosos; se nota que es un sistema antiguo”, resume un estudiante chino de 19 años que pasa unas semanas en España. La impresión cambia entre quienes proceden de lugares donde el tren tiene un peso mucho menor, como una pareja estadounidense que este jueves elogiaba en la estación de Sants la facilidad para desplazarse sin coche. De los más de 20 millones de turistas extranjeros que Cataluña recibió el año pasado, no se sabe cuántos utilizaron Rodalies ni cuántos se vieron afectados por alguno de los problemas que sufren a diario sus usuarios habituales.En la estación de Sants, cerca de las máquinas de venta de billetes, esperan otros dos jóvenes que le acompañan, una de 18 años y uno de 19, que han viajado a España para un curso de verano de español en Madrid. Aprovechan un respiro de tres días para visitar Barcelona y este jueves se dirigen a Blanes. Su impresión sobre la condición de los trenes es crítica y la comparación con el sistema de su país, inevitable. “Son ruidosos” insiste uno de ellos, “pero funcionan”. Comprar los billetes en la estación, aseguran, les ha resultado sencillo, aunque no fue tan fácil intentarlo por internet. La compra por internet también se convirtió en el primer obstáculo para Maria Ângela y Miguel Ventura, que han llegado desde Lisboa con sus dos hijos para pasar las vacaciones en Barcelona. Aterrizaron la noche anterior y dentro de una semana continuarán el viaje hacia Tarragona. “Hemos intentado varias veces hacer la compra online desde que empezamos a planificar el viaje y siempre nos daba error en la web”, explica la pareja. Sin la posibilidad de finalizar la compra, acudieron a la estación días antes de lo esperado para asegurar el viaje. “Descubrimos que el precio online era muchísimo más caro que comprándolos presencialmente. Hemos venido antes ante el riesgo de quedarnos sin billetes”. El tamaño de la red catalana les sorprende en comparación con el sistema ferroviario que conocen en Portugal, aunque esa amplitud también hace más difícil orientarse. “Estamos en la estación más grande de Barcelona. Se supone que debería haber personal ayudándonos, pero en realidad, no”, se lamentaban. La percepción se mantiene cuando la comparación parte de un país con una larga tradición ferroviaria. Kirsten, junto a sus hijas Esmee y Lise vestidas con las camisetas del Barça, han venido desde Países Bajos, también para pasar las aguardadas vacaciones de verano en Sitges. Una de las primeras diferencias que han detectado está en el bolsillo: “Los billetes aquí son más baratos”. Pero echan de menos la facilidad de poder acceder directamente con una tarjeta bancaria o con la aplicación del teléfono móvil en los accesos a los andenes. “He notado que no puedes pagar simplemente acercando la tarjeta de crédito o el móvil”, ha explicado Kirsten. Las dificultades que perciben los turistas son una fotografía parcial de una red que atraviesa uno de sus años más complicados. El accidente de Gelida del pasado 20 de enero, en el que murió un maquinista, abrió una crisis marcada por incidencias, retrasos, cortes y pérdida de usuarios. Los más de 400.000 pasajeros que utilizan a diario Rodalies llegaron a encadenar meses de complicaciones en el servicio y el impacto se trasladó rápidamente a los números. La red transportó 6,16 millones de viajeros en enero, casi tres millones menos que los 9,01 millones del mismo mes de 2025, una caída del 31,6% en una situación que viene de lejos, con incidencias reiteradas que minan la moral de los usuarios habituales. Los datos de Renfe correspondientes a junio muestran que prácticamente la mitad de las circulaciones sigue sin cumplir el horario previsto y los trenes que llegan tarde acumulan una demora media de 22,3 minutos.Los problemas tampoco han desaparecido con la llegada del verano y de los turistas, donde el sector supone alrededor del 12% del PIB y el 13% del empleo catalán. El miércoles, durante el eclipse, los trenes volvieron a fallar. Anunciado con meses de antelación el fenómeno astronómico, tanto la Generalitat como el Servei Català de Trànsit habían recomendado recurrir al tren y al transporte público para desplazarse hacia las comarcas del sur de Cataluña, donde el eclipse sería más visible. Pero el miércoles por la tarde los problemas volvieron a producirse en la red ferroviaria y los andenes de estaciones como Sants, Sant Vicenç de Calders y Tarragona acabaron abarrotadas de gente. La experiencia, sin embargo, cambia según el punto de comparación. Matthew B. y Maggie Person, una pareja estadounidense de St. Louis (Misuri), tienen una impresión muy distinta a la de los usuarios locales. En un país y una ciudad donde el coche predomina en buena parte de los desplazamientos cotidianos, poder recorrer Cataluña en transporte público les ha generado ilusión. “En EE UU, y especialmente en nuestra ciudad, el coche tiene mucha más presencia”, explican. Es la primera vez con Rodalies, pero pudieron comprar los billetes con antelación y aseguran sentirse cómodos utilizando el servicio hacia Lloret de Mar.