Al granoLos procesos electorales suelen verse como una amenaza cuando se piensa que nadie puede mejorar sin que otro necesariamente empeore.
Los guatemaltecos nos preparamos, una vez más, para emprender un camino decisivo. Es una encrucijada que divide a las naciones en dos categorías fundamentales: aquellas que preservan un gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, y aquellas que sucumben al autoritarismo.
En esta antesala, el panorama social se fragmenta. Los grupos y sectores que gozan de una situación satisfactoria temen que el resultado electoral afecte su situación o la estabilidad de sus negocios. En el otro extremo, quienes viven en unas circunstancias insatisfactorias anhelan que las urnas traigan el alivio que no ha llegado. Es un escenario donde predominan los temores y las aspiraciones individuales, pero donde pocos, relativamente, se detienen a pensar en el bien común por encima de su situación particular.
Ante este clima de incertidumbre, se desencadena un fenómeno económico bien documentado por Daron Acemoglu y James A. Robinson. Los empresarios, temerosos de que el proceso político traiga consigo incrementos en impuestos, aumentos salariales obligatorios o cargas sociales, reaccionan invirtiendo sus capitales en tecnología orientada a la automatización sustitutiva. Es decir, tecnología diseñada para reemplazar trabajadores por máquinas y reducir la dependencia de la mano de obra.







