Al granoQuienes estiman que la victoria en un proceso electoral vale más que su legalidad y legitimidad, son enemigos de la democracia.

La publicación del calendario electoral por parte del Tribunal Supremo Electoral marca, en los hechos, el inicio de una nueva etapa política para Guatemala. Aunque la primera vuelta aún está a poco menos de un año de distancia, la experiencia reciente invita a reflexionar desde ahora sobre algo que debería resultar evidente, pero que a menudo se olvida: en una democracia, es más importante que el proceso electoral sea legítimo y respetado que el triunfo de cualquier candidato o partido en particular.

Las elecciones de 2023 dejaron importantes lecciones. Más allá de las preferencias políticas de cada ciudadano, el país vivió momentos de tensión e incertidumbre que pusieron a prueba la fortaleza de sus instituciones y la confianza pública en el sistema democrático. En distintos sectores surgieron voces que parecían valorar más la victoria de determinadas causas políticas que la preservación de las reglas que hacen posible la convivencia democrática.

No se trata de una actitud exclusiva de un sector ideológico. Tanto en la derecha como en la izquierda existen grupos que, cuando los resultados les favorecen, defienden las instituciones; pero cuando no lo hacen, las cuestionan o intentan deslegitimarlas. Probablemente se trata de minorías. Sin embargo, son minorías particularmente activas y ruidosas, capaces de proyectar la impresión de que la democracia atraviesa una crisis de credibilidad, cuando la realidad suele ser más compleja y matizada.