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FundamentosGuatemala es un país cuya configuración de poder hace que sea extremadamente difícil para alguien o para un grupo imponer toda su voluntad.
La atención del país ha estado puesta en los procesos de elección de autoridades que, por un curioso engranaje de tiempos, coincidieron casi la mayoría en 2026. Aun cuando no ha terminado el calendario de estos eventos —pues quedan aún los relacionados con el control de las cuentas públicas y las autoridades del sistema financiero—, ya una buena parte de ellos ha concluido. La sorpresa para muchos es que estos procesos no cayeron, como había sucedido en ocasiones anteriores, en atrasos deliberados, en modificaciones de plazos o excesos de judicialización que hubieran causado gran incertidumbre. Simplemente discurrieron, con la tensión y presión política que ya se podía prever, dentro de los cánones de tiempo estipulados.
Varias lecciones se pueden extraer de lo vivido en este ciclo de casi 10 años que va cerrando. Primero, Guatemala es un país cuya configuración de poder hace que sea extremadamente difícil para alguien o para un grupo imponer toda su voluntad. Es cierto que en algunos momentos esa influencia se hace sentir, pero la estructura de poder tiene modos y formas de recomponerse, de manera que los aspirantes a autócratas siempre terminan ahogándose en la orilla. Depende del gusto de cada uno escoger al pretendido dictador de turno. Cuánto no hemos escuchado, por ejemplo, que ese papel se ha endilgado a distintos personajes a lo largo del primer cuarto de este siglo, para descubrir a la vuelta de unos pocos años, que estos “inamovibles” fueron al final simples pasajeros del poder.












