El viaje exprés de siete horas de coche de ida y no se sabe cuántas de vuelta que hizo Luís desde Lisboa a Galicia para ver el eclipse en su totalidad acabó en “un milagro”, muy gallego, de cielos pintados de nubes. Camino de A Coruña, un primo le avisó de que en Lugo lucía el cielo azul y existe un algo ignoto mirador sin par, de diecisiete siglos de antigüedad.
La muralla romana lucense, con sus algo más de dos kilómetros de perímetro y un ancho paseo superior, siempre tan opacada por la incompleta y medieval de Ávila, quizá por su cercanía a Madrid, lució ayer como un balcón prodigioso. Sus muros de pizarra parecían levantados no para hacer frente a los peligros del bajo Imperio romano, sino para sanar los malos augurios pretéritos de los eclipses. Esos que en la cultura popular gallega hacían que cuando el sol se ocultaba tras la luna no se recogiese la verdura para elaborar el caldo, ni se tomase la leche fresca de las vacas, pues se les achacaban poderes malignos. También a los que se atribuyen la muerte por pánico del emperador franco Ludovico Pío.
Los solo 84 segundos invitaban a soñar con tener Concorde para multiplicarlosCon los indígenas, los lucenses, huyendo del monumento que más adoran, escenario en el pasado de gran abandono en su conservación de tantos primeros escarceos eróticos y alcohólicos, una no muy nutrida masa de extranjeros se apoderó del adarve, el paseo superior, en el que se estaba de lo más holgado, con hasta espacios vacíos. Y como una familia extensa entera llegada desde Estado Unidos, para conocer el Camino y observar el eclipse, experimentaron el doble gozo de disfrutar de la alineación planetaria y descubrir el coloso romano en un solo acto.













