Pocas cosas producen más expectativa que un puño en alto tras un derrumbe. Encima de lo que antes fue un edificio de siete pisos y ahora es un arrume de columnas caídas, grandes trozos de hormigón y cientos de alambres erizados, un grupo de diez hombres, todos cubiertos de cascos y mascarillas, se ha detenido, ante la orden del jefe de bomberos a cargo de las labores de rescate. El silencio es total, contenido. Se contiene el aliento: quizá se ha encontrado a una víctima más. No será ahora. A través de un megáfono, el jefe anuncia que las labores se detendrán por un rato, por riesgo de réplica del sismo, y les pide a sus ayudantes que bajen de la estructura. Le obedecen. A medida que se acercan a la calle, una densa capa de polvo amarillo empieza a subir de entre los escombros, cubriendo los alrededores. Estamos al sur de la ciudad de Cali, en el suroccidente de Colombia, una de las zonas más afectadas por el sismo de magnitud 7,4 que sacudió Colombia este lunes 10 de agosto, y que según cifras oficiales ya ha dejado más de 240 muertos, tanto en esta ciudad como en otras cercanas como Pereira, Manizales, Armenia y Chocó. En el lugar, las autoridades de tránsito, en compañía de integrantes del Ejército, han acordonado el sitio, un antiguo edificio de siete plazas frente a la Plaza de Toros y del que ahora solo quedan tres en pleno centro de la ciudad. En un perímetro de 300 metros se congregan decenas de personas, entre curiosos y ayudantes en las labores de rescate que han llegado de todos los barrios de la ciudad para atender la emergencia. "Era una estructura de siete pisos en la que vivían, en su mayoría, adultos mayores. Por tanto, era muy difícil que, en menos de un minuto, descendieran por una escalera desde el séptimo hasta el primer piso y evacuaran", hace un balance Camilo Aragón, coordinador del equipo de rescate del lugar. "Tenemos que retirar cuatro pisos para encontrarlos", continúa. TE PUEDE INTERESAR Camilo cuenta que las labores ya han dado resultados, aunque no han sido los más alentadores: se ha sacado a cuatro personas y un perro; solo el animal ha podido sobrevivir. A pesar de esto, las personas siguen agolpándose en los alrededores del sitio, trayendo ayudas para las labores de rescate. Sara Acero es una de ellas. Caleña de 28 años, ni Sara ni su familia fueron afectadas por el terremoto, pero de inmediato entendió la gravedad de la situación y la responsabilidad que tenía. Ella es parte de un grupo de acopio que se ha ubicado en uno de los costados del sitio del derrumbe, en donde han dispuesto una mesa en la que hay, especialmente, comida para los que se encuentran ayudando en la remoción de escombros. TE PUEDE INTERESAR Según Sara, el grupo se dividió entre este lugar y otro, ubicado más al sur, en el barrio Capri, donde un edificio de cinco pisos se desplomó por completo y en donde ubicaron los insumos médicos que han recolectado. “Personas del común han prestado sus redes sociales para recoger, hacer colectas de dinero y han comprado grandes cantidades de insumos que se necesitan para traerlas acá. En este punto tenemos desayunos, sándwiches, punto de hidratación y café”. De Colombia se dice que es un país polarizado. Que es un país partido y que las últimas elecciones, en las que ganó el 'ultra' De la Espriella por apenas unas décimas al candidato izquierdista, son solo el último ejemplo de esa división. Y sin embargo, cuando llega el terremoto, los colombianos se han volcado con las labores de rescate. Al menos en Cali. Son cerca de las 11 a.m., han pasado más de 24 horas desde el terremoto, y con las luces del día las labores de rescate parecen contener más esperanza. Sin embargo, pocas horas antes, cuando la noche caía sobre la ciudad, el escenario era otro: este sector, así como muchos más en la ciudad, no contaba con electricidad. La oscuridad amenazaba el trabajo de los rescatistas, en su mayoría gente del común, quienes se preguntaban cómo iban a hacer para buscar a los desaparecidos —según el alcalde Alejandro Eder, actualmente son más de 230 personas las que se encuentran atrapadas en las edificaciones—. Pronto inventaron formas. Grupos de estudiantes universitarios utilizaron equipos de iluminación para brindar ayuda a diferentes sectores en donde había derrumbes. “La población civil ha venido y nos ha ayudado con muchos reflectores, linternas e insumos. Tuvimos bastantes insumos en la noche de ayer para tener una iluminación perfecta y poder continuar con el proceso de búsqueda de sobrevivientes”, cuenta Camilo, y aclara que la administración local, a cargo de la gobernadora del Valle del Cauca, Dilian Francisca Toro, también dispuso de un generador eléctrico, que llegó aproximadamente a las 10 p.m., para acompañar los trabajos de los rescatistas. Es difícil ubicarse en el Cali post terremoto, más aún tratar de asimilar lo que ocurre en tantos lugares al mismo tiempo, todos dentro del mismo perímetro. En lo que usualmente es una calle rápida para el tránsito de la ciudad, ahora se encuentran estacionados coches de Defensa Civil, bomberos, particulares, motos, maquinaria. Y personas. Especialmente personas. Gente yendo y viniendo, cargada con bolsas de agua, cubierta apenas por una mascarilla, muchas de las que se dirigen hasta las inmediaciones de la zona cero: un espacio de cerca de 20 metros que llega hasta el pie del edificio destruido. Son tantos los que se han acercado al lugar que no es fácil distinguir, entre ellos, a víctimas de rescatistas. Edward Ruiz es uno de los primeros, aunque de manera indirecta. Él, que reside en Cali desde hace 14 años, vivió hasta el lunes en uno de los edificios cercanos al que quedó destruido. El terremoto lo tomó por sorpresa, mientras se ejercitaba en un gimnasio ubicado en un centro comercial a pocas cuadras del lugar, que también resultó afectado. Al llegar a su apartamento, vio la magnitud del daño: grietas, una pared del costado del edificio se vino abajo, varias tuberías rotas. TE PUEDE INTERESAR Decidió, junto a su esposa embarazada y su perro, abandonar el lugar. Pero antes se jugó su suerte: “Todos los vecinos, a riesgo propio, entramos a sacar cosas importantes, algo de ropa porque no teníamos cómo subsistir, estaba muy temprano. Ahora estamos tratando de organizarnos entre los vecinos para vigilar, porque hay apartamentos que quedaron expuestos. Sabemos que hay gente que quiere ayudar, pero desgraciadamente también hay gente que quiere aprovecharse para hacer daño”, cuenta. Ahora, un día después, hace un balance de lo que ha sido la tragedia, de la que apenas parece despertar: “Sabemos que acá en el barrio, hacia atrás, hay muchos sitios caídos y mucha más gente afectada. Vemos gente que reconocemos, personas que tienen amigos y familiares que vivían allá. Es un choque ver a los vecinos que están esperando a ver si tienen noticias de un ser querido”. Es pasado el mediodía. Cae un sol brutal. Un hombre al pie de uno de los centros de acopio grita a quien pueda escucharlo que en este punto ya no hace falta más voluntarios. Que, si pueden, será mejor que se desplacen a otros sitios de la ciudad. La recomendación no es gratuita: son más de 40 puntos en Cali en los que se intenta rescatar de la amenaza de la muerte a personas que están bajo metros de escombros.