El alcalde de Pereira, Mauricio Salazar, no puede contener las lágrimas al hablar de sus vecinos: su municipio concentra 73 de los 224 muertos que ha dejado hasta ahora el terremoto de este lunes. Un reportero de televisión termina consolándolo en directo. Poco después, vuelve a quebrarse frente a los micrófonos. Las poblaciones afectadas se debaten entre la conmoción y la urgencia de sacar sobrevivientes de entre los escombros. Las primeras 72 horas, el plazo que dan los expertos en rescates antes de que la esperanza se empiece a apagar, no tardarán en llegar.La larga sacudida, de magnitud 7,4, ha dejado al menos cuatro departamentos del suroccidente de Colombia con decenas de edificios colapsados, miles de viviendas inhabitables y un número de desaparecidos que va cambiando en cada actualización. Tan solo 24 horas después del temblor —que llegó a sentirse durante cuatro eternos minutos—, las labores de rescate continuaban en las regiones más afectadas con ayuda de maquinaria pesada, rescatistas y militares.Pereira, puerta de entrada al Eje Cafetero, uno de los destinos turísticos más buscados de Colombia, vive una extraña normalidad. La mayoría de los comercios de esta ciudad de más de 800.000 habitantes están cerrados, pero el tráfico es intenso a pesar de las restricciones de movilidad. Se oyen ambulancias de vez en cuando. Pocas. Algunos de sus vecinos cocinan en enormes ollas que calientan en fuegos improvisados en la calle.Voluntarios trabajan en los escombros de un edificio en busca de sobrevivientes, en el centro de Pereira, este martes.Chelo CamachoUn ciudadano se refresca tras los trabajos de remoción de escombros.Chelo CamachoEl centro de Pereira, una de las zonas más afectadas tras ekl sismo de este lunes.Chelo CamachoRescatistas trabajan durante la noche en busca de sobrevivientes en edificio al sur de Cali, sector Tequendama.Jair F. CollEn una zona que una noche normal daría miedo, este martes decenas de hombres buscaban a Luis Carlos Valera, el barbero, de 60 años y sin familiares cercanos en la ciudad. El local donde trabajaba quedó aplastado bajo los restos de un hotel de mala muerte, de 8.000 pesos o dos euros la noche. Entre sus rescatadores hay bomberos, vecinos y pequeños delincuentes del barrio. “¡Silencio!”, gritan. Esperan algún sonido para saber dónde buscarlo. “Luis Carlos, da un golpe si nos oyes”, le pide uno de ellos. Se escucha algo, imperceptible, y siguen escarbando. “Denos instrucciones y las seguimos”, pide con educación el líder de los rescatistas improvisados. El capitán de bomberos Luis Reyes se pasea por la zona intentando ordenar los esfuerzos. “No se desgasten por aquí, la única señal de vida que tenemos es a ese otro lado del edificio”, ruega a un grupo de obreros contratados por un señor desconocido. Dicen que el barbero llegó a gritar algo pocas horas después de quedar sepultado. Reyes está en realidad en busca del “pluma”—como llama al líder del sector, una autoridad equivalente y que recibe el mismo nombre del cabecilla de un patio de cárcel—, el único capaz de coordinar y apaciguar a esos hombres de mala vida a quienes necesita de su lado. “Es un entorno delicado”, explica el bombero. A pesar del despliegue urgente de maquinaria pesada y fuerza pública, hay lugares en Pereira donde aún se echa en falta más organización. “Aquí hace falta policía para organizar este desorden. ¿Sabe por qué? Porque no hay institucionalidad y no queremos accidentes”, advierte Reyes, funcionario local, mientras dos hombres sortean la calle en ruinas con una lavadora llena de ropa. No es un novato: atendió el terremoto de 1999, que dejó más de 1.000 personas muertas en la misma región, se ha formado internacionalmente en rescate en estructuras colapsadas, y ha sido instructor en esa especialidad en otros países de América Latina.La vida normal está paralizada, pero todos están en movimiento. Incluido el presidente Abelardo de La Espriella, que en su fugaz paso por Pereira, en la mañana de este martes, aseguró que se le arrugaba el corazón al ver tantos comercios destruidos en el centro de la ciudad. El mandatario anunció la exención de pagos de servicios públicos durante tres meses y subsidios para los que perdieron sus viviendas. El ministro de Hacienda anunciaba, poco después, que el Gobierno decretará un estado de emergencia económica para atender la tragedia.Mientras tanto, la búsqueda de los desaparecidos sigue en la calle y en las redes. Los mensajes se multiplican por grupos de WhatsApp. “Henry Palacio y Sonia de la Pava, dos personas de la tercera edad, son buscadas, no han tenido comunicación con ellos. Estaban en la Unidad Residencial Verona I de Pereira”. “Se busca a la familia Lozano Mora en Cali, ayúdanos a encontrarlos”. Entre las personas que no han podido ser localizadas después del terremoto hay 164 españoles, según ha informado el ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares. En Cali, justamente, las autoridades buscan a por lo menos 21 desaparecidos. Entre ellos están Violeta, de 7 años, y su abuela Amparo. Allí, como en Pereira, tras el terremoto la ciudad entró en una operación de emergencia que movilizó a miles de personas entre miembros de los organismos de socorro y de las fuerzas de seguridad, y ciudadanos que salieron espontáneamente a ayudar. Con casi dos millones de habitantes, sus muertos se acercan al centenar, según los datos más recientes.Hacia las nueve de la mañana del lunes, menos de hora y media después de la sacudida, los bomberos ya escalaban las montañas de ruinas. Uno de los que atendió la emergencia en La Alameda, una zona de comercio popular del centro de la ciudad, contaba que había llegado por sus propios medios, tan pronto pudo. Muchos de los rescatistas que se agolpaban allí eran voluntarios, espontáneos que se movilizaron orgánicamente. La escena se repetía en otros puntos.Marlene Carrillo, una mujer de 70 años, cuenta cómo lo vivió en el barrio Cuarto de Legua, en el suroeste y a menos de un kilómetro del auditorio en el que, el viernes anterior, tomaba posesión el presidente de Colombia, Abelardo de la Espriella. “La respuesta ha sido muy rápida. Al ratico de que pasara todo, empezó a llegar la gente a ayudar a salir a los que quedaban adentro”, decía sobre las edificaciones desplomadas en las laderas de la ciudad, la zona más afectada. Los equipos de rescate han organizado las labores, coordinando a los voluntarios. Familias enteras han armado cadenas humanas para retirar los escombros con sus manos. Es una cooperación espontánea que ha aliviado a los habitantes de la tercera ciudad más poblada del país y que va más allá de los rescates. Así lo explica Amparo Olarte, encargada de regular el tránsito en una intersección en la que colapsó una edificación, una clínica veterinaria en la que aparentemente hay tres personas atrapadas: “La solidaridad de la gente es grande. Nos ha llegado comida, agua; las manos sobran para ayudar”.No es una voz aislada. “Los centros de acopio están llenos de víveres y de agua. Hay mucha gente dispuesta a ayudar, médicos, personas del común como yo que llegamos para atender como podamos”, coincide Angie Osorio, residente del barrio El Trébol, en el noroeste de la capital del Valle del Cauca, informa Isabella Bernal Vega desde Cali.Mientras tanto, en el Chocó, el cercano pero empobrecido departamento donde se dio el epicentro del terremoto, la búsqueda avanza más lentamente. Un territorio con dificultades de conexión, mucho más rural y de población dispersa, cuenta por ahora sus víctimas fatales en 13. De la Espriella lo visitó el martes y ha dejado allí al comandante del Ejército para coordinar las labores y servir de enlace entre el Ejecutivo nacional y las autoridades locales.Este es el segundo gran terremoto que sacude la región en poco más de 50 días, después del doble sismo que dejó en Venezuela más de 6.300 fallecidos. Las comparaciones entre ambas tragedias se están multiplicando en redes. Unos ensalzan la eficacia de las autoridades colombianas frente a las venezolanas. Otros recuerdan que, igual que en el país vecino, aquí también ha sido la propia gente la que ha sacado a los suyos con sus manos y culpan a los periodistas de haber leído ese esfuerzo vecinal como un signo de indolencia del Gobierno de Delcy Rodríguez, y no una prueba de una sociedad solidaria y activa.Ambos sismos son muy distintos, tanto por su naturaleza como por el tipo de edificios que han sido afectados y, en consecuencia, por el número de víctimas. Y también por la respuesta de cada Estado. En Venezuela, la magnitud del terremoto desbordó a todos y solo se podía acceder al lugar por una única vía que colapsó sin que las autoridades lograsen evitarlo. En Colombia se han decretado toques de queda nocturnos en Pereira y Cali, y se han desplegado con rapidez soldados, policías, bomberos, voluntarios y maquinaria, pese a que son varias las zonas devastadas y están muy distantes entre sí. Las vías de toda la región afectada enfrentan varios bloqueos por deslaves y caídas de rocas; algunos puentes se han desplomado o averiado, y los aeropuertos fueron cerrados, aunque han ido reabriendo a medida que se descartan daños mayores.En Quibdó, la capital del selvático departamento del Chocó en la que murieron por lo menos nueve personas, la gobernadora sobrevuela drones junto a militares en busca de víctimas, aunque pide maquinaria para remover escombros. En Cali, quizás la ciudad más afectada, se juntaron en las primeras horas más de 1.600 personas entre bomberos, miembros de la Cruz Roja e integrantes de los equipos USAR (especializados en labores de búsqueda y rescate especializados), policía o militares. Las grúas, ese unicornio tan difícil de encontrar en La Guaira, la zona cero del terremoto en Venezuela, están frente a los edificios desde pocas horas después del sacudón.Por otro lado, la ayuda internacional coordinada por la ONU, que fue fundamental en Venezuela, en Colombia ni siquiera se ha pedido. El Gobierno de De la Espriella, que acusa de “globalista” a la institución multilateral, no ha organizado la recepción. El embajador de China le ha pedido públicamente definir un interlocutor para ella. Y Nayib Bukele, el presidente de El Salvador, de quien el recién inaugurado mandatario colombiano ha mostrado ser seguidor, ha explicado que Colombia dice no requerir ayuda para los rescates. “Nos han informado que sus equipos de rescate, médicos y demás cuerpos de emergencia se encuentran desplegados y atendiendo la situación, por lo que, en este momento, no requieren apoyo de personal”, escribía en X a inicios de la tarde de este martes. Informó que envía, entonces, 100 toneladas de ayuda humanitaria, insumos y no expertos.Abelardo de la Espriella, que encaró el terremoto en su tercer día como presidente, ha encontrado en el terremoto un perfecto escaparate para vender a su nuevo Gobierno. El presidente se coordinó con gobernadores y alcaldes, distribuyó a los hombres fuertes de su gabinete por las regiones más afectadas y pasó la jornada actualizando datos de fallecidos, desaparecidos, heridos, personas atrapadas, rescatadas e infraestructuras dañadas. Pese a ello, no hay una cifra centralizada y actualizada de afectaciones. Si a fines de la mañana el presidente hablaba de 181 muertos, la Asociación de Ciudades Capitales tenía desde más temprano esa misma cifra solo en sus afiliadas, como Pereira y Cali, mientras otras autoridades suman decenas más en otros lugares. También viajó: de Barranquilla a Bogotá para organizar, luego a Quibdó, el martes a Pereira. No perdió la oportunidad de soltar arengas religiosas y propagandísticas, pero ha ido recorriendo todas las regiones afectadas, parte de su promesa de gobernar en el territorio y no en el escritorio. Entrada la noche del lunes, cuando decenas de personas seguían buscando supervivientes con linternas, el expresidente Gustavo Petro recomendaba ver la segunda temporada de Cien años de soledad en Netflix.
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