Una voz ordena guardar silencio a través de un megáfono. Su directriz se replica y, como en efecto dominó, llega a los oídos de todo el que rodea una de las búsquedas de supervivientes esparcidos por la ciudad de Pereira. Los rescatistas sueltan las palas, la grúa apaga el motor, las motos frenan su trayecto, Claudia deja de avisar a sus vecinos de que hay bocadillos para quien quiera, María para el reparto de agua y Eduard posa en el suelo un cubo lleno de escombros. Y empiezan a alzar sus dos brazos, estirados, con los puños cerrados.

La vorágine y el griterío se transforman en un absoluto silencio. Intentan escuchar la voz de Tuto. Un rescatista rompe el silencio y dirige su mirada a las ruinas donde llevan días trabajando. “Les habla el equipo de rescate. Si hay alguien con vida, que haga una señal. Grite, de algún golpe, forme barullo”.