A veces surgen fenómenos que, por insólitos, nos obligan a comprender lo que anuncian sin quedarnos en sus primeras manifestaciones, que pueden parecer insignificantes. En diversas elecciones recientes de todo el mundo —por ejemplo, las elecciones municipales francesas de 2026—, algunos candidatos han reconocido que habían recurrido a sistemas de inteligencia artificial generativa para estructurar sus discursos, mientras que otros han confesado sin tapujos que los habían utilizado para redactarlos. De manera que ya se han dado los primeros momentos de la historia de la humanidad en los que se ha visto a unos seres pronunciar, con una voz supuestamente viva, unas palabras creadas por una tercera entidad, artificial. No humana, como ocurre, quizá desde hace mucho tiempo, cuando un escritor se pone al servicio de un responsable político. ¿Cómo podemos caracterizar un fenómeno semejante, de dimensión absolutamente inédita, si no como un cuerpo que repite las palabras emanadas de un ventrílocuo mecánico? Lo que podría parecer el simple uso de un práctico equipo tecnológico acarrea, por el contrario, el riesgo de desnaturalizar el espíritu en sí de lo político, en virtud de unos procesos que conviene analizar sin más tardar. Para empezar, sería una ingenuidad suponer que el texto generado se limita a responder mecánicamente a las intenciones de quien lo formula, porque lo que hay que tener en cuenta es un principio que no tiene más remedio que determinarlo: reaccionar de la forma más adecuada a las supuestas expectativas de los destinatarios. Eso ocurre, en general, con cualquier discurso electoral, pero con la diferencia de que aquí se lleva a cabo un doble cálculo automatizado. En primer lugar, el relativo al análisis —que puede solicitarse al sistema— de la opinión de los destinatarios en cuestión. Después, estos datos alimentan otros cálculos que generan un lenguaje sintético en el que se tienen en cuenta los parámetros previamente identificados. Al atribuir el papel de ventrílocuo a la tecnología, se intensifica como nunca antes la primacía concedida al receptor sobre la libertad del hablante. Este fenómeno se inscribe en la continuidad de las lógicas de marketing que han ido ganando cada vez más terreno en el mundo político desde los años sesenta, centradas en la concepción de mensajes cuyo propósito es conseguir la mayor receptividad posible por parte de las masas. Una ambición que, al mismo tiempo que, de aquí en adelante, va a automatizarse, consigue un nuevo grado de sofisticación. Desde ese punto de vista, indica una demagogia algorítmica destinada a perfeccionarse sin cesar. Es habitual, desde hace unos 15 años, subrayar el alcance político de las tecnologías digitales, en la medida en que influyen constantemente en nuestra vida individual y colectiva. A estos efectos se suma hoy el control que ejerce la tecnología sobre la política. No solo por la influencia del sector en las decisiones públicas, sino por la que tiene a la hora de estructurar las propias directrices y su formulación. A partir de ese momento, las prioridades de las lógicas de programación prevalecen sobre el programa, entendido como un proyecto que han concebido unas personas movidas por convicciones y por la voluntad de impulsar nuestro destino colectivo en una dirección determinada. Está de moda hablar de la aparición de un supuesto tecnofascismo. Señalamos a los gigantes tecnológicos de Silicon Valley —pese a que ese mundo tiene mucha más heterogeneidad ideológica de la que se cree— y cometemos el gran error de eludir nuestra responsabilidad por aprovechar de lleno sus productos, pero, al mismo tiempo, usamos una categoría que tiene ya un siglo de antigüedad. Lo que hay que hacer ante una situación nueva es elaborar conceptos nuevos. Lo que se avecina, en realidad —junto con el uso de estos “oráculos ventrílocuos”, que irremediablemente se irá generalizando—, es un fenómeno más sutil y más global: un autoritarismo algorítmico “blando” que tiene la forma de un árbol de tres ramas. En primer lugar, un sistema de realidad artificial cada vez más omnisciente, que por fuerza irá marginando de forma constante la evaluación humana e imponiendo unas normas que escapan a toda transparencia y deliberación. En segundo lugar, la banalización de unos dispositivos de los que con demasiada rapidez se olvida que proceden del sector privado, lo que entraña la generalización de un habla industrial —productora de beneficios— y somete sus esquemas estadísticos y lógicos a la razón política. A pesar de que esta última constituye la protección de lo público (la res publica), se subordina a una racionalidad que, por naturaleza, le es profundamente ajena. En este sentido, el capitalismo lingüístico impulsado por las empresas de IA generativa —que incluye necesariamente unos sesgos capaces de dar prioridad exclusiva a las leyes del cálculo económico y la búsqueda de la eficiencia en cualquier circunstancia— corre el peligro de penetrar de manera insidiosa en las mentes, sean del bando que sean. Es muy probable que triunfe una tecnocracia radical robotizada, que instaure la síntesis entre un estado de opinión y un régimen de la supuesta necesidad pura y, en la práctica, descarte todas las preocupaciones que no entren en ese orden de valores. En tercer lugar, se perfila un uso “desde abajo” de estas tecnologías: que mucha gente empiece a generar programas —aparentemente verdades irrefutables— que, de forma inevitable, alimenten la cacofonía y la sordera creciente entre los distintos componentes de la masa social. Esos programas responderán a sus aspiraciones sinceras o a sus caprichos, dentro de un universo psíquico que enseguida empieza a alejarse de la realidad, en la medida en que lo propio de la política no es solo diseñar perspectivas, sino también tener en cuenta las condiciones concretas que exige su viabilidad. Cuando una persona, desde una tribuna, empieza a hablar teóricamente en nombre propio, aunque sus palabras sean el resultado de procesos técnicoeconómicos ajenos, conviene recordar la frase de Jacques Lacan: “Cuando el hombre olvida que es el portador de la palabra, no habla. (…) Cuando el hombre no habla, es hablado”. Podríamos añadir que, en ese caso, no solo se ve privado de su aliento vital, sino que después manipula solapadamente a su público, que acaba siendo incapaz de distinguir entre enunciados humanos y artificiales. Por consiguiente, creer que el uso de discursos prefabricados es neutral sería un grave error que podría desembocar en la desmaterialización de la esencia de lo político. Dicha esencia se basa en los principios de la expresión libre y plural de las opiniones subjetivas, la separación entre el ámbito público y el privado, y la imposibilidad de establecer axiomas absolutos y definitivos para trabajar, con revisiones constantes, pensando en el mejor interés general posible. Tenía que ocurrir que, a fuerza de esperar la verdad en cualquier circunstancia relacionada con la IA y de abrir imprudentemente sin parar cajas de Pandora digitales, llegáramos, tarde o temprano, a perder el contacto con nosotros mismos. Lejos de las hipótesis apocalípticas y francamente grotescas en las que las máquinas se hacen con el poder, lo que se está gestando es otra situación, mucho más verosímil: el abandono de nuestro propio poder. Llamémoslo un orden apolítico, en cuanto la política se dejase consumir por la hipersofisticación tecnológica. Si no lo afrontamos con urgencia —cuando falta un año para las elecciones presidenciales en Francia y dos en Estados Unidos, entre otros acontecimientos—, estaremos dejando que fuerzas más poderosas que nosotros pronto nos dejen convertidos, en todos los sentidos, en unos seres sin voz.