No se puede gobernar una sociedad a la que no se entiende. Escuchar, conocer lo que piensa la ciudadanía, es fundamental para poder captar su atención y ganar su apoyo. Pero va incluso más allá de las elecciones. Es quizá todavía más importante para las políticas públicas. No se pueden hacer bien a ciegas, sin saber qué es lo que quiere y necesita la población a la que se destinan las medidas. En los últimos meses se ha puesto de moda predecir el fin de las encuestas, el advenimiento de las políticas públicas dictadas por algoritmos y máquinas, e incluso que las elecciones tal y como las conocemos dejarán de ser necesarias. Todas estas opiniones se basan en la misma idea: la inteligencia artificial, por su capacidad de conectar y analizar datos, hará obsoletos todos los modelos tradicionales. Ya nada será igual. Los que defienden que la IA acabará con las encuestas aseguran que esta es capaz de crear simulaciones exactas de personas, lo que hace innecesario tener que consultar a muestras de población cuidadosamente calculadas. Quienes la ven como la mejor diseñadora de políticas públicas, e incluso como el gran dedo elector, sugieren que los ciudadanos dejan una huella digital tan grande que sus preferencias se pueden medir sin que sea necesario preguntarles. Una super IA puede saber qué necesitan e incluso podrá llegar a decir a qué candidato o candidata prefieren como gobernante sin que ellos mismos lo sepan.