Durante siglos, las sociedades construyeron instituciones para controlar el poder.Los reyes fueron limitados por las constituciones.Los gobiernos fueron sometidos a la ley.Los mercados fueron regulados por el Estado.La democracia moderna surgió precisamente de una idea fundamental: ningún poder debe actuar sin límites.Sin embargo, en pleno siglo XXI estamos frente a un fenómeno inédito.Por primera vez en la historia de la humanidad está emergiendo un poder global que rebasa las fronteras nacionales, que influye en la economía, en la información, en la política y en la vida cotidiana de millones de personas, pero que no se encuentra sometido a mecanismos efectivos de control democrático.Ese poder tiene nombre: algoritmos e inteligencia artificial y no tiene fronteras.Hoy una parte importante de lo que vemos, leemos, escuchamos y pensamos se encuentra mediada por sistemas digitales diseñados por grandes corporaciones tecnológicas.Son algoritmos los que determinan qué noticias aparecen primero en nuestras pantallas, qué productos se nos ofrecen, qué contenidos se vuelven virales y cuáles permanecen invisibles.La mayoría de las personas cree que utiliza libremente las redes sociales.Sin embargo, la realidad es más compleja.Cada clic, cada búsqueda, cada fotografía, cada conversación y cada preferencia alimentan sistemas capaces de conocer nuestros hábitos, nuestras emociones, nuestros gustos y hasta nuestras posibles decisiones futuras.La inteligencia artificial ha llevado este fenómeno a un nivel sin precedentes.Ya no se trata únicamente de recopilar información.Hoy existen sistemas capaces de analizar conductas, predecir comportamientos y diseñar estrategias de influencia cada vez más sofisticadas.Las campañas electorales del presente y del futuro se desarrollan en este nuevo escenario.La información política circula a través de plataformas privadas.La publicidad personalizada llega directamente a sectores específicos de la población.Los mensajes son diseñados para impactar emocionalmente a grupos concretos de ciudadanos.La preocupación no es tecnológica. La preocupación es democrática.Los Estados nación construyeron durante siglos sistemas jurídicos destinados a regular actividades económicas, políticas y sociales que ocurrían dentro de sus territorios.Pero la inteligencia artificial nació bajo una lógica completamente distinta.Su desarrollo no fue impulsado por los gobiernos.Fue impulsado principalmente por grandes empresas privadas que operan a escala global.Estas corporaciones poseen algunos de los científicos más avanzados del planeta, enormes capacidades de procesamiento de datos y recursos financieros que en ocasiones superan los presupuestos de numerosos países.Mientras los gobiernos debaten reformas legales, la tecnología continúa avanzando a una velocidad vertiginosa.La Unión Europea ha desarrollado marcos regulatorios pioneros.La UNESCO ha emitido recomendaciones éticas sobre inteligencia artificial.Diversos organismos internacionales han advertido riesgos relacionados con la privacidad, la discriminación algorítmica y la manipulación informativa.Sin embargo, la mayoría de estas directrices carecen de fuerza obligatoria a nivel global.México tampoco puede permanecer indiferente.Existen iniciativas y discusiones legislativas que buscan atender esta nueva realidad, pero el desafío es mucho más profundo que una simple actualización normativa.Lo que está en juego es la capacidad del Estado para comprender una transformación histórica que podría modificar la forma en que se ejerce el poder en el siglo XXI.La pregunta fundamental no es cómo proteger a la tecnología.La pregunta es cómo proteger a la persona frente a la tecnología.Toda regulación futura debe colocar en el centro a la dignidad humana.Debe proteger la libertad, la privacidad, la igualdad, la autonomía personal y el derecho de las personas a recibir información veraz y transparente.Y es que la inteligencia artificial representa una de las herramientas más extraordinarias jamás desarrolladas por la humanidad.Puede mejorar la salud, la educación, la productividad y la calidad de vida de millones de personas.Pero también puede profundizar desigualdades, concentrar poder, desplazar empleos, manipular decisiones y erosionar libertades fundamentales si no existen controles adecuados.Nos encontramos ante un parteaguas histórico.La discusión ya no es tecnológica. Es ética, jurídica y democrática.La humanidad debe asegurarse que la inteligencia artificial debe ser una herramienta al servicio de las personas y nunca las personas adaptarse a los intereses de quienes controlan la inteligencia artificial.Esa es, probablemente, una de las decisiones más importantes de nuestro tiempo.abogadoangel84@gmail.com Únete a nuestro canal ¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.