Resume e infórmame rápidoEscucha este artículoAudio generado con IA de Google0:00/0:00Recuerdo que Milan Kundera, en su novela El libro de la risa y el olvido, contaba que, después de que el ejército ruso ocupara Checoslovaquia en 1968, lo echaron de su trabajo y se prohibió que nadie tuviera derecho a darle un empleo en el que entonces era su país. La policía secreta quería reducirlo a la miseria y hacerlo pasar hambre. Una joven amiga de Kundera, que trabajaba como redactora en una revista de gran circulación, le ofreció entonces un trabajo anónimo. Redactar una nueva sección: el horóscopo de la revista. Ella diría que el autor de la columna de astrología era un famoso astrofísico, profesor de una importante universidad, que no quería dar su nombre para que sus colegas no se burlaran de él. De tal manera, bajo esa identidad inventada y un seudónimo, podrían pagarle, no mucho, pero algo.Kundera no creía en absoluto en la astrología, pero le resultaba divertido darles consejos, de acuerdo con la supuesta posición de los astros, a los nacidos bajo el signo de Leo, Piscis, Virgo o Escorpión. Los consejos eran al mismo tiempo humorísticos, útiles, psicológicamente atinados y, además, a los lectores les servían para pensar en cosas distintas a la odiosa invasión rusa. Lo más interesante fue que los rusos habían impuesto a la revista un nuevo director, un déspota que hacía publicar en cada número artículos elogiosos sobre las bondades del hermano pueblo soviético, y este funcionario, al escondido, creía en el horóscopo. Fue así como le pidió a la amiga de Kundera que se pusiera en contacto con el físico astrólogo para que le hiciera su carta astral. Kundera aprovechó la ocasión para cobrarle una cifra astronómica, que el director aceptó pagar en efectivo. Pero la ficción del gran novelista fue mucho más allá: resolvió influir para bien en la frágil y crédula mentalidad del director. Sutilmente (Kundera había conocido al sujeto en el pasado y estaba enterado de su proceder en la revista), en su lectura de los astros del nacido tal día, a tal hora y en tal sitio, supo cómo describir lo sórdido de su oficio en ese momento, y los riesgos a los que se exponía si no cambiaba radicalmente su forma de ser. Por arte de esta magia, le contó la joven amiga a Kundera, el jefe empezó a portarse mucho mejor con todos los redactores de la revista, por miedo a las desgracias que le auguraban las estrellas si no cambiaba su proceder. Muchas veces los racionalistas –entre quienes me cuento, por lo menos cuando me levanto con el pie izquierdo– creemos que solo la verdad cruda, dura y desnuda sirve para tener una vida mejor. Pero cuántas veces no hay mentiras bondadosas que no solo consuelan a los niños, sino también a las personas comunes y corrientes. Hay mentiras tan espantosamente ridículas que indignan, como creer, por ejemplo, que el patriotismo consiste en hacer saludos bélicos e izar la bandera tricolor (o la roja con la hoz y el martillo, o la de barras y estrellas de los Estados Unidos). Pero, en cambio, hay mentiras mucho más ambiguas y complejas que yo no me atrevería a condenar.Otra novela en la que se defiende una ficción benéfica, en este caso no para los lectores de una revista, sino para los fieles de una pequeña parroquia rural, es la muy bella San Manuel Bueno, mártir de Miguel de Unamuno. En esta un cura bueno, don Manuel, aunque ha perdido la fe en la vida eterna, y tal vez en Dios, por caridad cristiana, no quiere que sus parroquianos pierdan el consuelo que la fe y la esperanza les han dado. ¿Qué mal hay en que una madre que ha perdido a su niña por una enfermedad incurable crea firmemente lo que algunos sostienen, que su niña es ahora un ángel dichoso en el reino de los cielos? El cura no lo cree, pero no quiere imponer su razón ni quitarle a esa madre su única esperanza y su mayor consuelo, de modo que asiente, bendice y la reconforta en su fe. En esto consiste su martirio, en preferir la ilusión, aunque no crea en ella, sin imponer lo que cree que es verdad. Conoce más