En tiempos en que lo sentimental impone sus reglas a la política urge buscar una posición de resistencia, desafío y rebeldía
A Milan Kundera le irritaba que las tácticas violentas de los comunistas llegaran siempre acompañadas de arrebatos líricos. Al referirse a uno de sus libros, La vida está en otra parte, apunta en Los testamentos traicionados (Tusquets) que en él se ocupaba de ese tiempo donde “el poeta reinaba junto al verdugo”, y escribe también que en la Revolución rusa fueron tan importantes
tle="https://elpais.com/diario/2009/10/21/cultura/1256076003_850215.html" data-link-track-dtm="">los versos de Maiakovski como la policía secreta bolchevique que fundó Dzerzhinski. El terror y la poesía caminaban juntos, y los violines servían para dejar en sordina los gritos de las víctimas.
Los silencios cargados de dramatismo, la escenificación de los más diversos desgarros ante las posiciones del enemigo, la exaltación del heroísmo y la política concebida como un rosario de gestas emocionales, todo esto sigue presente en unos tiempos donde prima el espectáculo. El sentimentalismo lo anega todo como un fango que impide que el aire circule y es en ese marco donde se mueven bien los amigos de la lírica, entendida como la exaltación de una ilusión, ya sea la conquista de una vieja edad dorada o la intransigencia frente a quienes se pliegan a los designios del capital. Kundera no estaría muy contento hoy viendo cómo en su país natal, la República Checa, acaba de ganar las elecciones un candidato al que le encantan las maneras de Donald Trump y considera que lo que hay que hacer es gestionar el Estado como si fuera una empresa. Y al observar que en su país de adopción, Francia, se ha entrado en un bucle perverso de pura impotencia y que no hay manera de que un Gobierno saque adelante ningún proyecto.






