A estas alturas de la guerra, probablemente el jefe del Estado Mayor, el general Dan Caine, debe estar mordiéndose la lengua para no soltar un: “Te lo dije”. Esta semana, fuentes militares filtraban a la CNN y a Reuters que Estados Unidos ya ha gastado cerca del 80% del sistema de defensa antimisiles en la guerra de Irán. Concretamente, la munición de misiles THAAD y los interceptores Patriot, según señalaban esas mismas fuentes. Esto, más allá del evidente problema que supone a corto plazo, también pone de manifiesto un segundo problema estructural: los tiempos de producción.PublicidadLos THAAD y los Patriot son dos pilares de la arquitectura armamentística del ejército estadounidense. Parte de la superioridad del Pentágono recae en estos sistemas de defensa que Washington usa como un reclamo estratégico para tejer alianzas. Por ejemplo, de los ocho THAAD de los que EEUU disponen, uno está ubicado en Guam para disuadir a China y otro estaba, hasta hace poco, en Corea del Sur para intimidar a Corea del Norte. Poco después de que empezara la guerra de Irán, Washington ordenó desplazar el THAAD surcoreano a Oriente Medio para reforzar los sistemas defensivos, sometidos a altos niveles de estrés por los drones iraníes.Por su lado, los Patriot han sido clave para la defensa de Ucrania ante los misiles rusos. Gran parte del problema del ejército ucraniano ahora mismo es el reducido stock de Patriots, algo con lo que el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, está lidiando mientras intenta conseguir una licencia de Washington para fabricar sus propios misiles en casa.Pero aunque Kiev consiguiera la licencia, no podría reponer las reservas de Patriots de un día para otro. Se trata del mismo problema que tiene Estados Unidos y esa era la principal razón por la que Caine desaconsejó al presidente, Donald Trump, ir a la guerra con Irán. Disparar un Patriot o un THAAD es cuestión de segundos; producir uno solo, cuesta miles de dólares y mínimo un año. Gastarlos al ritmo que se están consumiendo en Oriente Medio es incompatible con la premisa del Pentágono de mantener unas reservas mínimas para poder sostener un segundo conflicto con otra gran potencia, como ahora China.Este desequilibrio entre la rapidez con la que se consume la munición y la lentitud con la que se fabrica es el segundo problema que ahora mismo afronta la Casa Blanca. Una divergencia que es consecuencia de la deriva de la industria armamentista de los Estados Unidos durante las últimas décadas y que podría convertirse en el talón de Aquiles del ejército más poderoso del mundo.PublicidadSi nos basamos en el historial de producción reciente, la perspectiva de poder retornar el stock de munición a los niveles previos a la guerra de Irán se dibuja muy lejana. El año pasado, la marina compró solo 55 Tomahawks. Y este año, el Pentágono quiere comprar 785, un incremento de más del 1000% según destaca el Instituto Cato.Ya a principios de los 2000, el secretario de Defensa de George Bush, Robert Gates, advirtió de que las armas que suponían el pilar central de la supremacía militar estadounidense necesitaban años para construirse y, en consecuencia, pedía invertir en una nueva generación de armas que representaran el "75% de las soluciones", pero que se pudieran hacer más deprisa y con menor coste.La brecha que señalaba Gates a inicios de los 2000 se ha intensificado en los últimos años por la aparición de los drones baratos, como los Shahed iraníes. Los ayatolás no han parado de enviar enjambres de Shahed –económicos y rápidos de producir– contra los THAAD, que son caros y más lentos de reponer.PublicidadEn marzo, Trump se reunió con los directores ejecutivos de las principales compañías armamentísticas de los EEUU para acordar cuadruplicar la producción de armamento. Las compañías que se comprometieron con los nuevos objetivos eran BAE Systems, Boeing, Honeywell, L3Harris, Lockheed Martin, Northrop Grumman y Raytheon.En paralelo, Trump también ha tanteado a fabricantes de coches y otras compañías manufactureras para ayudar a acelerar la producción de armas. Un titular que parece propio de la Segunda Guerra Mundial, pero del cual se hacía eco The Wall Street Journal el pasado mes de abril. Desde antes de la guerra, altos cargos de Defensa ya habían conversado con ejecutivos de diferentes empresas, como General Motors y Ford, según revelaban fuentes conocedoras al medio.Otro elemento que durante estos años también ha estado sobrevolando la situación es una explosión que en 2021 hizo saltar por los aires la única fuente nacional de pólvora negra que tenía el Pentágono. Se trataba de una fábrica ubicada en Minden, Louisiana, y que era crítica para la producción de proyectiles de mortero, munición de artillería y misiles Tomahawk.La pólvora negra, que es la pólvora original, es un material altamente combustible para el cual no existe sustituto. Este tipo de pólvora se usa en pequeñas cantidades para encender explosivos más potentes. Aunque la fábrica se reconstruyó, durante más de tres años estuvo completamente parada la producción que suplía a la industria. El incidente también subrayó la debilidad del tejido de pequeños proveedores que son claves a la hora de proveer el material que necesitan las grandes compañías armamentísticas.El último análisis elaborado por el Departamento de Defensa en 2025 sobre el panorama de los proveedores del Pentágono subrayaba lo siguiente: "La DIB [Base Industrial de Defensa] se ha consolidado, pasando de 51 proveedores que había después de la Guerra Fría a solo cinco grandes contratistas que hoy desarrollan los sistemas de armas más críticos. La DIB está estancada: construye los mejores sistemas de armas del mundo en pequeñas cantidades, mientras continúa dependiendo de piezas obsoletas, procesos de fabricación anticuados y una innovación estancada".
La guerra de Trump en Irán desbarata los planes armamentísticos de EEUU y lo deja con escasez de sus cruciales misiles
El agotamiento de cerca del 80% de los sistemas de defensa antimisiles en la guerra revela una debilidad estructural en la industria armamentística estadounidense...













