La desaforada carrera competitiva por la hegemonía de la IA está reconfigurando las economías de las dos superpotencias hacia modelos más desiguales y trasladando sus variables geométricas de riqueza al resto del planeta. El crecimiento se ha distorsionado, los ciclos de negocios parecen no tener fin, pese a navegar por las turbulentas aguas de la estanflación, los mercados registran cotas de inversión y ganancias históricas bajo intensos episodios de volatilidad y elevados riesgos de correcciones y burbujas especulativas, y las rentabilidades de los bonos revelan rendimientos extraordinarios por el temor a un colapso en los pagos de las deudas soberanas.

EEUU y China muestran en sus coyunturas dos de los botones de muestra más nítidos de este fenómeno, surgido tras la gran pandemia a raíz del ciclo de negocios poscovid que se alumbró con billonarios estímulos fiscales y monetarios. Entonces, emergió la figura en K en los PIB, fruto de unas rúbricas productivas que se encaramaron de inmediato a un tren que aún mantiene una velocidad reducida, aunque de crucero.

El crecimiento (o recuperación) en forma de K ocurre cuando diferentes partes de la economía se mueven en direcciones opuestas después de una crisis. Mientras un grupo de sectores o personas prospera (el brazo superior, ascendente), el otro (el inferior) continúa empeorando.