Durante cuatro años, la Casa Blanca creyó haber encontrado la fórmula para contener el ascenso tecnológico chino. Primero restringió, bajo la Administración Biden, la venta de chips y circuitos integrados de alta gama de Nvidia y AMD. Con posterioridad, expandió el veto a los equipos de litografía de ASML, con presiones a sus socios europeos, y endureció los controles sobre varias de las herramientas indispensables para fabricar semiconductores de última generación. Pero la estrategia de dejar a Pekín sin acceso al hardware más sofisticado y así relegar al gigante asiático en la carrera por la hegemonía de la IA ha caído en saco roto. La aparición en la escena inversora de Kimi K3 –modelo fundacional chino de IA de última generación– ha puesto en duda la táctica americana con un giro de 180 grados en las expectativas bursátiles.
Wall Street –y bolsas como la surcoreana, la más rentable de 2025– han mostrado esta semana la debilidad del relato de que la IA es una licencia inversora exclusiva de las bigtechs de Silicon Valley. En apenas 48 horas, tres señales bursátiles han dado un baño de realpolitik a este sueño americano. El Nasdaq 100, de marcado acento tecnológico porque excluye de su indicador a las firmas financieras, retrocedió más de un 10% respecto a su máximo de junio; el SOX de Filadelfia, que engloba valores de semiconductores, acumuló una larga semana de sesiones consecutivas en descenso, y el fabricante surcoreano de chips SK Hynix, insignia de las memorias para IA llevó al Kospi a su segunda semana negra de julio por decepcionar las expectativas inversoras con sus ingresos del segundo trimestre.












