En toda Europa, los gobiernos se están replanteando su relación con la plataforma Palantir. El servicio de inteligencia interior francés la ha sustituido por un proveedor nacional. España ha ordenado a sus empresas públicas que dejen de firmar contratos con la compañía. El ejército suizo la rechazó de plano, el Parlamento británico quiere expulsarla del sistema nacional de salud (NHS). En Alemania, el Tribunal Constitucional derogó las leyes sobre funciones policiales que permitían a dos estados federados utilizar su tecnología.No se trata de una ola de antiamericanismo. Se trata de negarse a entregar funciones esenciales del Estado a una empresa que no rinde cuentas. Una empresa que ha demandado al alcalde de Londres por valorar la ética de un proveedor en un proceso de contratación pública. Una empresa que llevó a los tribunales a la revista suiza Republik por sus informaciones, con el resultado de que fueron desestimados 22 de los 23 cargos que formulaba en su denuncia.Y, pese a todo, el 24 de septiembre, en Berlín, la empresa de comunicación Axel Springer entregará a Peter Thiel, cofundador y presidente de Palantir, su premio anual. El motivo es que considera a la empresa de Thiel como un elemento vital para la resiliencia de las democracias. Se trata de una extraña expresión para una compañía que recurre a los tribunales para impugnar decisiones democráticas y actuar contra los periodistas que la investigan. Mientras que buena parte del continente trabaja para reducir su dependencia de Thiel, la mayor editorial alemana decide homenajearlo.Thiel, el pasado mes de julio en Sun Valley, IdahoDavid Paul Morris / BloombergLa concesión del premio se anunció el día siguiente de la aparición televisiva del presidente de EE.UU., en horario de máxima audiencia, para afirmar, citando documentos recientemente desclasificados, que China le robó las últimas elecciones. Y eso que los documentos que obran en poder de su propio Gobierno señalan lo contrario. Entre ellos figura un memorando de la CIA que concluye que Pekín no tenía ninguna intención de interferir de forma encubierta en el resultado electoral. Aun así, Trump ordenó acudir a los tribunales.A cuatro meses de las legislativas de medio mandato, el mensaje estaba claro: los últimos comicios los había perdido porque alguien había cometido un delito; las próximas, las de noviembre, están ya en manos de sus fiscales.Thiel no es un simple espectador de esta Administración: invirtió quince millones de dólares en el comité de acción política independiente (super PAC) que impulsó la candidatura de J.D. Vance –antiguo empleado de su propio fondo de inversión– al Senado. Fue la mayor aportación realizada jamás por un único donante en una campaña al Senado. Vance es ahora vicepresidente de EE.UU.Thiel lleva dos décadas expresando abiertamente sus convicciones. En el 2009 escribió que ya no creía que la libertad y la democracia fueran compatibles. La razón que dio suele omitirse, y es precisamente la más importante: según él, la extensión del derecho al voto a las mujeres y el crecimiento del Estado de bienestar configuraron un electorado que nunca elegiría el modelo económico que él defendía. No se lamentaba de la corrupción de la democracia. Se lamentaba de que la democracia funcionara. Desde entonces, ha financiado, en todo el mundo democrático, movimientos políticos que parten de esa misma premisa: considerar el voto popular como un obstáculo que debe ser gestionado.Durante una década, su actitud ante ese convencimiento fue la huida: ciudades flotantes, monedas privadas y un pasaporte neozelandés. Hacia el 2016 cambió de estrategia: si no puedes abandonar el Estado, conquístalo. Apoyó a Trump cuando casi nadie en Silicon Valley lo hacía y declaró, en la primera conferencia del movimiento National Conservatism, que el libertarismo había fracasado y que Estados Unidos necesitaba un Estado nacional fuerte para enfrentarse a China.Michael Kratsios, que dirigió Thiel Capital durante siete años, lidera hoy la política tecnológica de la Casa Blanca y asesora al presidente; fue coautor de la estrategia de inteligencia artificial (IA) de la Administración y ha dedicado este año a oponerse a la regulación de la IA tanto en Estados Unidos como en Europa, al tiempo que ofrecía a gobiernos aliados un ecosistema estadounidense de inteligencia artificial como alternativa. Palantir, financiada originalmente por el brazo inversor de la CIA, siguió un proceso de 20 años para convertirse en el sistema operativo del aparato de seguridad del Estado en EE.UU. Un poder así ya no se conquista mediante elecciones. Se conquista mediante dinero y contratos.Thiel lleva dos décadas expresando que no cree que la libertad sea compatible con la democraciaAlemania ya concedió otro premio de este tipo a Thiel y, también entonces, Mathias Döpfner también estuvo involucrado. Fue en el 2021 cuando Thiel recibió el premio Frank Schirrmacher, con Döpfner como miembro del jurado. El discurso de homenaje lo pronunció el excanciller austríaco Sebastian Kurz, a quien Thiel Capital contrató pocas semanas después de que dimitiera en medio de una investigación por corrupción.Springer no es un árbitro neutral. Alex Karp, cofundador y director ejecutivo de Palantir Technologies, formó parte de su consejo de supervisión y, después, de su comité de accionistas, junto a Mathias Döpfner. Además, Springer utiliza internamente el software de Palantir. Moritz Döpfner, hijo del consejero delegado de Springer, fue jefe de gabinete en Thiel Capital, y Thiel impulsó su fondo con una inversión inicial de 50 millones de dólares. Ambos poseen participaciones en Stark, el fabricante de drones cuyo contrato con la Bundeswehr fue parcialmente reducido por el Bundestag en febrero, en parte debido a la implicación de Thiel.Hace solo unas semanas, Döpfner entrevistó a Karp en su pódcast, donde este negó cualquier simpatía autoritaria. La entrevista fue amplificada por Bild. Springer también es propietaria de Politico Europe. El homenaje de Berlín correrá a cargo de Bari Weiss, cuyo medio The Free Press se fundó con financiación procedente de Silicon Valley y fue vendido el año pasado por 150 millones de dólares a un grupo de comunicación alineado con Trump. Weiss entrevistó cordialmente a Thiel pocos días después de las elecciones del 2024.Donald Trump estrecha su mano con Peter Thiel durante un encuentro en Nueva York en el 2016Drew Angerer / GettyThiel cultiva el poder allí donde puede. Lo hace apareciendo allí donde la derecha autoritaria gana terreno. En abril fue recibido por el presidente chileno, José Antonio Kast, en el palacio de la Moneda; además, ha comprado una casa en Buenos Aires junto a la del presidente argentino, Javier Milei, cuyo Gobierno está desarrollando una plataforma estatal de inteligencia artificial destinada a anticipar y neutralizar la disidencia. Se ha enfrentado incluso con la Iglesia. En marzo impartió cuatro conferencias sobre el Anticristo, accesibles solo con invitación, a pocas calles del Vaticano. Varias universidades católicas que se suponía que estaban involucradas se apresuraron a desvincularse.Según Thiel, el advenimiento del Anticristo se acompaña de promesas de seguridad y de paz. Por lo tanto, quien pretenda limitar el desarrollo tecnológico está trabajando para él. Dos meses antes, el papa León XIV había dedicado su primera encíclica precisamente a ese peligro, advirtiendo contra la concentración del poder tecnológico en manos privadas. En julio, Thiel acusó al Papa de servir a Pekín por sostener esa posición.Estas ideas antidemocráticas recorren toda la obra escrita de Thiel, con la premisa de que el “fundador excepcional” no debería estar sometido a las mismas reglas que el resto. En términos de mercado, a esto se le llama monopolio. En el marco del Estado es precisamente esto lo que llevo dos años documentando en la plataforma The Authoritarian Stack (la pila autoritaria): la transferencia de los sistemas nacionales de pagos, de policía, de inteligencia y de comunicaciones de defensa a poderes privados demasiado fuertes como para que cualquier gobierno pueda desconectarlos. Esa dependencia acaba convirtiéndose en un instrumento de presión. En junio, Washington amenazó con imponer aranceles del cien por cien a cualquier país que grave fiscalmente a las empresas tecnológicas estadounidenses, ignorando acuerdos comerciales ya firmados.El peligro no es un solo hombre, sino el tecnoautoritarismo del que debe defenderse EuropaLa prensa independiente tiene precisamente el deber de fiscalizar este tipo de poder: la unión entre la riqueza privada y la autoridad pública, capaz de decidir qué normas se le aplican y cuáles no. Esa tarea resulta difícil cuando ambas partes están integradas en el mismo balance empresarial. Hay que subrayar que el consejero delegado de Springer compartió comité de accionistas con el consejero delegado de Palantir, Alex Karp; el fondo de inversión de su hijo nació gracias al dinero de Thiel. Ambos participan junto a Thiel en una empresa de defensa investigada por el Bundestag. En cualquier otro lugar esto se llamaría conflicto de intereses. En Berlín, el 24 de septiembre, se llamará premio.Europa hace bien en desconfiar, y la razón va mucho más allá de un contrato concreto. Thiel no está defendiendo la democracia, sino que rechaza el principio sobre el que esta se sostiene: que el poder debe responder ante la ley y ante los ciudadanos. Que los hospitales, las fuerzas policiales, los ejércitos y el espacio público europeos deban depender de infraestructuras propiedad de un hombre que desprecia la democracia y financia a la extrema derecha en todo el mundo no es, en el fondo, una cuestión tecnológica. Es una cuestión de pluralismo, de Estado de derecho y de libertad de prensa.Pero el peligro nunca estuvo representado en un solo hombre. El verdadero peligro, como decíamos, es el tecnoautoritarismo: la fusión entre la riqueza y el poder privados –financieros y tecnológicos– con el Estado, al margen de todo control democrático. De esto es de lo que Europa se tiene ahora que defender.
Premio al tecnoautoritarismo, por Francesca Bria
En toda Europa, los gobiernos se están replanteando su relación con la plataforma Palantir. El servicio de inteligencia interior francés la ha sustituido por un proveedor nacional. España ha ordenado a sus empresas públicas que dejen de firmar contratos con la compañía. El...









