Análisis Exclusivo suscriptores El catalogado 'presidente de la paz' rechaza las grandes invasiones, aunque recurre cada vez más a bombardeos, drones y operaciones especiales. Desde que volvió a instalarse en la Oficina Oval, Trump ha ordenado operaciones militares en siete países. Foto: EFE / AFP / EL TIEMPO08.08.2026 22:30 Actualizado: 08.08.2026 22:30
Cuando Donald Trump regresó a la Casa Blanca en enero de 2025, lo hizo con una de las promesas más repetidas de su campaña: Estados Unidos dejaría atrás las llamadas "guerras eternas" que durante más de dos décadas consumieron billones de dólares, miles de vidas estadounidenses y buena parte del capital político del país en conflictos lejanos. LEA TAMBIÉN "No voy a comenzar guerras. Voy a detenerlas", aseguró una y otra vez el republicano al presentarse como el presidente que pondría fin a los conflictos heredados y evitaría nuevas intervenciones militares en el extranjero. Sin embargo, pese a que Trump sostiene que ha cumplido esa promesa al destacar que su mediación permitió poner fin a siete guerras y la Casa Blanca lo presenta incluso como el "presidente de la paz", la afirmación es cuestionada por analistas y verificadores, quienes discrepan tanto del papel que jugó Washington en varios de esos conflictos como en que realmente puedan considerarse concluidos. A ese historial se suma una ambición que Trump no ha ocultado de aspirar al Premio Nobel de Paz y suele recordar las veces que ha sido nominado. La imagen resume la paradoja de su segunda presidencia: el mandatario que se presenta como pacificador es también el que ha recurrido a la fuerza militar en más escenarios que cualquiera de sus antecesores en un periodo similar. Donald Trump en su discurso a la nación sobre los ataques a Irán. Foto: AFPDesde que volvió a instalarse en la Oficina Oval, Trump ha ordenado operaciones militares en siete países. Y, según reveló la semana pasada The Washington Post, su administración estudia abrir un nuevo frente en África mediante ataques contra Jama'at Nusrat al-Islam wal-Muslimin (JNIM), la filial de Al Qaeda que opera en Mali y otros países del Sahel. Si finalmente autoriza la operación, Mali se convertiría en el octavo país en el que EE. UU. emplea la fuerza militar desde el inicio de su segundo mandato. Eso no significa, necesariamente, que Trump esté librando más guerras que sus predecesores. George W. Bush lanzó las invasiones de Afganistán e Irak; Barack Obama redujo esos despliegues, pero amplió el uso de drones y de operaciones especiales; Joe Biden evitó abrir grandes frentes propios, aunque autorizó ataques puntuales cuando consideró que existían amenazas directas para Washington. Aun así, el segundo mandato de Trump presenta diferencias que empiezan a llamar la atención. Irán: la guerra que más se le complica a Trump En apenas 17 meses, Trump ha autorizado operaciones en escenarios tan distintos que resulta difícil encontrar un hilo conductor. Y lo que muchos se preguntan es si se trata simplemente de respuestas independientes a crisis internacionales muy diferentes entre sí, o si estamos viendo una nueva manera de utilizar el poder militar estadounidense. LEA TAMBIÉN La respuesta no es sencilla porque las operaciones ordenadas por Trump no todas pertenecen a la misma categoría. Algunas prolongan campañas antiterroristas iniciadas hace más de dos décadas. Otras constituyen precedentes con pocos equivalentes recientes. Y, particularmente, una de ellas, la guerra con Irán, amenaza con convertirse precisamente en el tipo de conflicto prolongado que Trump prometió evitar. Los bombardeos contra los hutíes en Yemen tuvieron como objetivo proteger la navegación comercial en el mar Rojo y responder a los ataques contra embarcaciones internacionales, mientras que las operaciones en Somalia, Siria e Irak estuvieron dirigidas contra remanentes del Estado Islámico, de Al Qaeda y de otros grupos considerados una amenaza para la seguridad estadounidense. En esos escenarios, Trump no hizo otra cosa que continuar -aunque en algunos casos con mayor intensidad- una política que diferentes administraciones, tanto republicanas como demócratas, han mantenido desde los atentados del 11 de septiembre de 2001. Irán, sin embargo, constituye la principal excepción. Lo que comenzó con bombardeos contra instalaciones nucleares evolucionó rápidamente hacia una confrontación que ya supera los tres meses y cuyo desenlace sigue siendo incierto. Irán lanzando ataques contra posiciones militares de Estados Unidos en Medio Oriente. Foto:EFEEn otras palabras, si Yemen, Somalia, Siria, Irak y una eventual intervención en Mali responden a la lógica de ataques limitados contra organizaciones específicas, Irán demuestra lo difícil que resulta controlar la escalada cuando EE. UU. decide emplear la fuerza contra otro Estado. Extracción de Maduro y el particular uso de la fuerza militar de EE. UU. Mucho más singular fue la operación realizada en Venezuela para capturar a Nicolás Maduro, acusado por la justicia estadounidense de narcoterrorismo. Independientemente del debate jurídico o político que esa decisión pueda suscitar, el episodio marcó un precedente poco común al emplear la fuerza militar para detener al jefe de un Estado extranjero. Una eventual intervención en Mali volvería a acercarse al primer grupo. Washington considera que JNIM, la filial de Al Qaeda que se expandió por el Sahel tras la retirada francesa, representa una amenaza creciente para los intereses occidentales. Pero más que el número de países o la intensidad de cada operación, lo que empieza a emerger es una manera particular de emplear el poder militar. LEA TAMBIÉN En la mayoría de los escenarios, Trump ha privilegiado los bombardeos de precisión, los drones y las operaciones especiales frente a las grandes invasiones terrestres que definieron buena parte de la política exterior estadounidense tras los atentados del 11 de septiembre. Pero la evolución del conflicto con Irán demuestra que incluso una operación concebida inicialmente como limitada puede transformarse en un enfrentamiento mucho más amplio y difícil de contener. Ese aparente contraste entre el discurso de campaña y el creciente recurso a la fuerza también ha llamado la atención del Council on Foreign Relations (CFR), uno de los centros de estudios más influyentes de Washington en materia de política exterior. En un análisis reciente, el CFR destaca que la nueva Estrategia de Seguridad Nacional parte de la premisa de que las administraciones anteriores definieron los intereses de EE. UU. de manera demasiado amplia, lo que involucró al país en conflictos que poco tenían que ver con su seguridad directa. El documento sostiene incluso que los asuntos de otros países solo son relevantes cuando amenazan directamente los intereses estadounidenses. En teoría, esa visión debería traducirse en una política exterior menos intervencionista. Sin embargo, el propio CFR advierte que la práctica ha resultado más compleja. A juicio del centro de estudios, el incremento en el uso de la fuerza parece reflejar una interpretación mucho más amplia de las facultades del presidente para ordenar acciones militares cuando considera que existen amenazas contra los intereses nacionales, aun sin embarcar al país en guerras tradicionales. Ha habido ataques en Yemen, Somalia, Siria e Irak, entre otros. Foto: EFELa consecuencia es una política exterior que combina dos elementos que, a primera vista, parecen contradictorios. Por un lado, Trump sigue rechazando las grandes invasiones, las ocupaciones prolongadas y los proyectos de reconstrucción nacional que marcaron las experiencias de Irak y Afganistán, un mensaje que sigue teniendo eco entre un electorado cansado de ese tipo de conflictos, pero, por otro, ha mostrado mucha menos reticencia a recurrir a la fuerza cuando cree que los objetivos pueden alcanzarse mediante operaciones limitadas, con riesgos reducidos para las tropas estadounidenses y sin asumir compromisos permanentes. En otras palabras, el rechazo a las "guerras eternas" no parece significar un rechazo al uso de la fuerza, sino a una forma específica de hacer la guerra. La diferencia puede parecer sutil, pero es relevante. Durante las últimas dos décadas, el debate sobre el intervencionismo estadounidense giró en torno a las ocupaciones militares y a la presencia permanente de tropas. Pero, en el segundo mandato de Trump, la discusión parece desplazarse hacia otra cuestión: si la superioridad tecnológica, los drones, la inteligencia en tiempo real y las operaciones de precisión permiten intervenir repetidamente sin quedar atrapado en conflictos de larga duración. LEA TAMBIÉN Afganistán e Irak: ejemplos de cautela de la historia reciente La historia, sin embargo, invita a la cautela. Afganistán comenzó como una campaña para destruir a Al Qaeda tras los atentados del 11 de septiembre y terminó convirtiéndose en la guerra más larga de la historia de Estados Unidos. Irak fue presentado como una intervención breve y acabó transformando durante años el equilibrio de poder en Medio Oriente. Ninguna de las operaciones autorizadas por Trump durante este segundo mandato ha alcanzado, por ahora, esa dimensión. Pero la propia evolución del conflicto con Irán demuestra que las guerras rara vez permanecen iguales a como empiezan. Por eso todavía es prematuro afirmar que Trump está construyendo una nueva doctrina militar. También es posible que la acumulación de operaciones responda simplemente a una sucesión de crisis internacionales sin un diseño estratégico común. La guerra de Irak duró de 2003 a 2011. Foto: EFELo que sí parece evidente, 17 meses después de su regreso al poder, es que la principal paradoja de su política exterior sigue intacta. El presidente que prometió sacar a Estados Unidos de las "guerras eternas" ha recurrido a la fuerza en más escenarios que cualquiera de sus antecesores en un periodo similar, aunque casi siempre procurando evitar las grandes invasiones que durante décadas definieron el poder militar estadounidense. Quizás la verdadera doctrina de Trump no consista en intervenir menos, sino en intervenir de otra manera. Si esa apuesta logrará mantenerse o desembocará en nuevos conflictos prolongados es una pregunta que, por ahora, sigue abierta y cuya respuesta probablemente definirá cómo será recordada la política exterior de su segundo mandato. SERGIO GÓMEZ MASERI - Corresponsal de EL TIEMPO – Washington @sergom68 Sigue toda la información de Internacional en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal.






