Un campo de minas. Y un cúmulo de incertidumbres. El presidente de EEUU presume de la capacidad militar de su ejército y se le ve disfrutando de las operaciones militares. En año y medio de mandato, Donald Trump, quien se cree merecedor del premio Nobel de la Paz, ha bombardeado Irán, Yemen, Siria, Venezuela, Irak, Somalia y Nigeria. Además, van casi 200 asesinatos extrajudiciales en 57 ataques en el Caribe y el Pacífico Oriental desde septiembre de 2025.

La Casa Blanca ha apretado las tuercas a los fabricantes de armas para seguir el ritmo con el que el Pentágono gasta municiones, está reordenando efectivos y armamentos en todo el mundo, moviendo portaaviones para mantener la amenaza sobre Irán y redoblarla sobre Cuba, además de ejecutar operaciones militares en países aliados de América Latina con el paraguas del Escudo de las Américas.

Y todo ese despliegue de poder militar lo hace buscando imponer su ley frente a las normas internacionales, y por el camino se está dando cuenta de que ese poder tiene límites y la exhibición enseña sus debilidades, como cuando es incapaz de doblegar a Irán, de proteger a sus aliados del golfo de los ataques de Teherán y de liberar el estrecho de Ormuz, con las consecuencias directas que eso tiene para sus propios votantes.