El resultado de practicar la meditación no es la mejora social, como propugnan sus defensores, sino que sigamos aguantando todo lo que nos incomoda

¿Está usted sufriendo cierta depresión? ¿Padece tal vez de malas digestiones? ¿Le exaspera ir en metro? No se preocupe; todo lo que le molesta dejará de hacerlo si lo realiza conscientemente. El mindfulness le cambiará la vida, será un antes y un después.

Esta idea, la de que el mindfulness o atención consciente —una adaptación de las técnicas orientales de meditación— es la panacea que va a acabar con nuestros males se ha ido imponiendo en la última década. Primero fueron los cursos en instituciones privadas; luego en entornos laborales; después empezó su inclusión como terapia, no solo en centros de salud alternativa, sino en hospitales privados y, en años recientes, también en algunos programas públicos. Incluso tenemos ya un máster en una universidad estatal en colaboración, eso sí, con una empresa, y, de acuerdo con el Portal de Transparencia, desde 2016 a 2019 el Estado invirtió 166.859 euros en formación en mindfulness para funcionarios.

¿Por qué se ha aceptado esta práctica de una manera tan masiva? Parece haber razones de peso. La primera es que nuestros males, esos que la atención consciente promete solucionar, van en aumento: según el Ministerio de Sanidad, el 34,3% de las mujeres y el 17,8% de los hombres retiraron al menos un paquete de ansiolíticos, antidepresivos o hipnóticos el pasado año, y la incidencia de la ansiedad se ha duplicado en la última década. La segunda es que la ciencia parece respaldarla: contamos con numerosos estudios que aseguran haber hallado evidencias de la efectividad de esta técnica para nuestro bienestar. Estos han aparecido en medios tan prestigiosos como la Harvard Business Review, donde en 2015 vio la luz el que es quizá el más citado por los defensores de la disciplina: Mindfulness Can Literally Change Your Brain (“El mindfulness puede literalmente cambiar tu cerebro”).