EDITORIALLa crisis climática debería obligar a entes como la Anam, que no quieren “intromisión” en sus autonomías, a trazar infraestructura esencial para enfrentar la previsible escasez de agua.
Después de tantos ires y venires de integrantes de consejos del cambio climático, de titulares del Ministerio de Ambiente, de participaciones en cumbres internacionales, de discursos y pronósticos sobre sequías, de deterioro de los ciclos de lluvias, parece mentira —pero es la triste verdad— que no exista una infraestructura mínima —o un plan viable para implementarla— para enfrentar el seco presente que hace peligrar cosechas y que ha reducido las fuentes de agua. Lo más lamentable es que se siguen contaminando los ríos, talando los bosques y relegando la construcción de plantas de tratamiento de desagües.
Guatemala está pasando por una temporada de no lluvias que excede cualquier canícula: ha reducido hasta un 85% de la usual precipitación, esa misma que se filtra en los suelos y alimenta pozos, manantiales, riachuelos y mantos freáticos. El llamado fenómeno El Niño, de candoroso nombre pero terribles implicaciones, no es solo una noticia meteorológica. Amenaza cultivos en lo inmediato, pero también la sostenibilidad económica y nutricional de comunidades enteras.








