Uno podría empezar esta nota contando que Canela, de 83 años, no deja de escribir y escribir. “No abandono la pluma, mejor dicho, el teclado de mi corazón y de mi mente”, dice.Que, además de los chequeos médicos de rigor, hace Pilates en su casa y Tai Chi.Que disfruta de caminar un poco y, sobre todo, de mirar el amanecer desde una ventana de su departamento porteño y el anochecer desde otra. Y que aunque siempre fue “hiperactiva” e “insomne”, con el paso del tiempo busca balancear deseos, exigencias y cuidados: “Si antes hacía diez cosas, ahora hago tres”.Este año publicó ya dos libros, trabaja a pleno en otro y organizó un encuentro con su familión argentino-italiano en Córdoba, en el que los puso a todos a bordar -su otra pasión son las artes plásticas y expuso bordados- para crear un “documento afectivo”. Además, están los nietos.“Tengo diez nietos -cuenta-. Me gusta que me enseñen los juegos nuevos. Yo no he jugado mucho y lo quiero recuperar”.Vale empezar esta nota por ahí. Pero el asunto es que Canela, figura de la radio y la televisión, pionera de los programas culturales, y editora y autora de más de 40 libros, nació como Gigliola.Y una, claro, no se comprende sin la otra.Vicenza siempre estuvo cercaGigliola Zecchin vino al mundo allí, al norte de Italia, en 1942, durante la Segunda Guerra Mundial. Es la menor de 11 hermanos. Afirma que a los 4 años ya sabía que existía la muerte. Lo que no se imaginaba era que la gente se podía morir fuera de la guerra. Y una noche vio morir al papá.Fue en 1946. Ella se pasó de la cuna a la cama de los padres. Costante se despertó. Transpiraba. Llamó a Clelia. Y murió. “No pasó nada”, le dijeron. “No ze sucesso gente”. La arroparon. Pero todo cambió. Y luego ella quiso cambiar mucho.Lo cuenta en La niña que no vio los besos (Edhasa), que va por la tercera edición. Allí hilvana recuerdos de su infancia en Italia, de la Guerra y de la inmigración –llegó a Argentina a los 9 años- y revela que de chiquita sufrió un abuso de parte de un desconocido.Se trata de memorias de una infancia “de mucho sufrimiento y mucha riqueza”, donde la precariedad (cuando cumplió 4 años le regalaron cuatro naranjas y las tuvo que compartir) convive con el humor (la mandaron de chaperona con una hermana y el novio pero se durmió, por eso, “no vio los besos”). Y con la poesía.La obra es también el relato de una búsqueda. “No escribí el libro por el abuso –aclaró-. Apareció promediando la escritura. Todo empezó porque yo quería era saber cómo era mi papá”.¿Qué averiguó? Asegura que todo está contado. Costante es en esas páginas un hombre bello que anda en bicicleta con un pañuelo negro a lunares blancos que de vez en cuando se suelta y él atrapa en el aire. “Pacifista e socialista”. Un soldado que se aferra al cognac y que un día va a hacer pis, ve un brazalete de la Cruz Roja tirado, lo usa para huir y se salva.También aparece la pipa de Costante guardada en la cartera de Clelia, el anillo de casamiento que Clelia se negó a entregar a las tropas de Mussolini y escondió entre las piernas, una estrella brillante y una la lápida torcida con su foto con el pañuelito, ante la que Clelia le dice a Gigliola: “Daghe un baseto al papá, decile que nos vamos a América”.Algunos de los hermanos de Gigliola emigraron a Argentina en 1948 y otros se quedaron en Italia para siempre. En 1952 ella, la mamá y parte de los hermanos desembarcaron en Mar del Plata. Luego se mudó a Córdoba. A los 16 años se fue a vivir sola. Y hace más de 5 décadas reside en la Ciudad de Buenos Aires.“Lola”, “abu Lola”, como le dicen en la casa, empezó a trabajar en la cultura armando la biblioteca de la fábrica Kaiser de Córdoba, donde era administrativa. Después, llegaron el canal de televisión de la empresa y el de la Universidad, donde estudió Letras.Se enamoró de Héctor Duhalde, vinieron a vivir a Capital y se recibió de locutora. Tuvieron 4 hijos (Constanza, Aldana, Oliverio y Juan Manuel) y los nietos. Héctor murió en 2005.Ya contó que el hecho de haber nacido en una familia de hoteleros -mantuvieron el rubro acá- le dio habilidades para comunicarse y adaptarse y para comprender lo diverso que es el mundo.Además, estuvo Margherita, su hermana mayor, quien la cuidó de chica y, como era maestra, le enseñó a leer.Canela se fue de la tele en 2019 por decisión propia y afirma que no extraña. Ganó premios Martín Fierro y Konex, entre otros. “Pero es un ciclo cerrado”.En cambio, hay cosas que no cierra: a fines de los ‘80, cuando Gigliola ya era Canela, creó el Departamento de Literatura Infantil de la editorial Sudamericana, desde el que publicó unos 250 libros en más de una decena de colecciones.En castellano“Yo escribo desde la mujer que soy para la niña que fui”, suele decir . “Si ella está contenta, yo estoy contenta”. Ojo. No habla sólo de sus obras para chicos, multipremiadas. Tampoco, de sus libros para adultos.Se refiere también a cómo fundó otra vida en castellano, sin dejar de arropar a Gigliola y el dialecto del Véneto. Las lenguas conviven, como pasa en La niña...-¿Qué te da la literatura hoy?-Es vital. Es continuar lo mío. Porque para mí, vivir es aprender y, si lo puedo aplicar, me hace feliz. Pero, como te decía, implica esfuerzos físicos y emocionales, así que me tengo que medir. En eso ando.Uno podría pensar que desde que dejó la tele para “dedicarse de lleno” a escribir y a la plástica, Canela está relajada. Que no anda a las corridas como en 1995, por ejemplo, cuando empezó trabajar en TN, donde condujo hitos, como el noticiero cultural Colectivo imaginario. Y es cierto, en parte. Canela escribe y escribe, borda, viaja, juega, aunque con los años “afine” el criterio para elegir qué sostener y qué soltar.Este año presentó Pasajeros de Babel (Bernacle), un ensayo poético sobre los orígenes, los viajes - desde los de Odiseo hasta los de los que vinieron a América- y figuras de la cultura universal. “Hay además un apartado sobre Oriente, que se nutre de mi viaje a Japón con mi hijo Oliverio y otras personas apenas terminó la pandemia de Covid”.También salió la novela para chicos Fantasma en lata (Nazhira). Ya escribió sobre fantasmas pero esta vez se inspiró en otra historia de desarraigo y reconstrucción, que parte de la de su nieto Joaquín (26 ) y su abuelo serbio.Hay más. Trabaja en Lo que cuentan los inmigrantes, que publicará Sudamericana. “Trata sobre los cuentos que les contaron a personas que emigraron de distintos países. “Los cuentos de la infancia nos constituyen”, explica.“Una de las virtudes y a la vez problema que tenemos las personas mayores es la experiencia. Yo viví una guerra y que el mundo siga en guerra me asusta. Crecer en la guerra es crecer en el miedo. El ruido de las bombas no me deja dormir. Y esto se cruza con los temores de esta etapa de la vida: ¿qué les dejamos a los hijos y a los nietos, por qué no pudimos hacer más?”¿Qué se hace con el miedo? “Se lo enfrenta. Si no, el miedo te quita la posibilidad de imaginar y de hacer”. Y de contarlo.Quizá también por esto escribe y escribe Canela. Sabe desde muy chiquita que cuando el mundo se desarma, la escritura ofrece la posibilidad de empezar rearmarlo. Le pasó a Gigliola, la niña que la acompaña cada vez que se sienta frente al teclado.
Hija de la guerra: Canela, de Italia a Argentina y una vida nueva para contarlo
Nació en Vicenza, donde vio morir a su papá y fue víctima de un abuso. Vino al país a los 9 años, con una parte de su familia, y se transformó en figura de la televisión y de la literatura. A los 83, sigue creando. “Es vital”, resume.











