Actualizado Jueves,

agosto

22:51Est� siendo el de Felipe VI un reinado forjado a golpe de crisis. No es lo habitual en Monarqu�as parlamentarias de democracias asentadas que sus titulares se vean impelidos constantemente a circunvalar eso que los especialistas definen como "poderes excepcionales" o a tener que asumir protagonismo o incluso liderazgo simb�lico en cuestiones de naturaleza esencialmente pol�tica. Pero al actual Rey de Espa�a le ha correspondido ocupar el trono en una �poca en la que se le exige por pasiva y activa ensanchar las costuras de la m�s alta magistratura del Estado. Desde la decisiva intervenci�n tras el golpe constitucional del 1 de octubre de 2017 por parte del secesionismo pol�tico catal�n, que puso en jaque nuestro proyecto com�n de convivencia, hasta actuaciones m�s recientes como la complicad�sima visita de los Reyes a Paiporta tras la devastadora Dana en la Comunidad Valenciana, con la que se encarn� la presencia del Estado en un momento en el que tantos ciudadanos sent�an que �ste les estaba fallando y que no estaba a la altura ni para ese intangible que es la gesti�n del dolor colectivo.No es exagerado sostener que la figura del Rey se ha engrandecido por el empe�o en estar donde el imaginario colectivo presume que debe estar, y por desplegar cada vez m�s las capacidades abstractas de la Corona, hasta su m�xima expresi�n. Pero ello comporta inevitables riesgos. Preocupantes desgastes. Y no peque�os. Porque, como dec�a Bismarck sobre el ejercicio del poder, "el pol�tico piensa en la pr�xima elecci�n, el estadista en la generaci�n siguiente". Y un monarca constitucional ni puede ni debe estar de continuo en la intemperie y el alambre del escrutinio. El mismo discurso del 3-O antes mencionado estuvo al borde de la extralimitaci�n de las funciones asignadas por la Constituci�n. Y la Corona tambi�n paga un precio cuando tiene que tirar de audacia para rellenar vac�os que corresponden a otros poderes p�blicos.Y es as� como se ha llegado a la �ltima gran crisis en Espa�a, la de Ceuta, y que de nuevo ha colocado al Rey en una tesitura que dice mucho, por un lado, de la irresponsabilidad de tantos pol�ticos a la hora de asumir sus bien delimitadas competencias y de hacer pedagog�a institucional, pero tambi�n, por otro, de anomal�as que arrastras nuestro pa�s desde la Transici�n, y que se acaban volviendo en contra de quien seguramente menos se lo merece. Porque Felipe VI se est� viendo obligado a una sobreactuaci�n evidente ante la espinosa situaci�n en la ciudad aut�noma para contrarrestar las cr�ticas a diestra y siniestra por algo que pocos espa�oles entienden pero que no es competencia decisional del titular de la Corona: por qu� no pisa dos ciudades tan espa�olas como Ceuta y Melilla.El presidente del Gobierno defini� la avalancha de decenas de miles de personas, con la aquiescencia como m�nimo de Marruecos, como "una violaci�n de la integridad territorial de Espa�a". Ante afirmaci�n tan gruesa s�lo hubiera cabido un se�alamiento directo por parte de S�nchez del culpable de semejante ataque a nuestras fronteras. Dado que el Ejecutivo opt� por el dontancredismo y en los �ltimos d�as desde las vacaciones del presidente en La Mareta hasta la pr�ctica ausencia de ministros en Ceuta han pretendido reducir una crisis de tan extraordinaria gravedad como la que estamos viviendo a un mero asunto humanitario, los ciudadanos espa�oles vuelven a percibir esa misma sensaci�n de vac�o y de desistimiento por parte del Estado que domin� crisis como la del 1-O -entonces con un Rajoy sobrepasado por la realidad y encogido de hombros-, la de la Dana, la del accidente ferroviario en Adamuz, las de los incendios con Gobierno central y Gobiernos auton�micos ech�ndose los trastos a la cabeza, etc�tera, etc�tera. Y demasiados ojos se vuelven hacia el Rey, en tanto que es el Jefe de ese Estado que renquea. Pero flaco favor nos hacemos los espa�oles cuando las circunstancias obligan a que sea una figura al margen del juego pol�tico la que tenga que erigirse con tanta frecuencia en parachoques que amortig�e agujeros de gobierno.Con la ins�lita audiencia en Marivent al presidente de Ceuta, Juan Jes�s Vivas, el Rey traslada a los ceut�es el respaldo del Estado con toda la fuerza de la instituci�n que encarna -L�vi-Strauss explic� como nadie c�mo los s�mbolos son esenciales para la cohesi�n social; no son meros adornos, son constitutivos de la realidad social-. Pero no nos enga�emos. El encuentro -"El Rey est� comprometido con la visita a Ceuta", dijo ayer Vivas en su comparecencia posterior- ha ido mucho m�s all� de lo protocolario o el gesto de cercan�a. La crisis en la ciudad aut�noma tiene un complej�simo trasfondo geopol�tico, con un inc�modo vecino del sur que sostiene que Ceuta y Melilla son "dos plazas ocupadas" en su territorio, lo que impele indirectamente al Monarca en tanto encarnaci�n de la naci�n, de su unidad y permanencia, como consagra la Carta Magna. Y si a nadie se le escapa que dif�cil para todo Gobierno -del signo que sea- es en cualquier circunstancia aprobar la oportunidad de un viaje de los Reyes a las dos ciudades, por el choque que de inmediato ello producir�a con el Reino alau�, no es menos cierto que estamos enviando un mensaje de extrema debilidad a Rabat cuando no se permite que Don Felipe y Do�a Letizia pongan los pies en ciudades tan espa�olas como Burgos, Sevilla o C�ceres. Quiz� haya llegado el momento de medir entre dos males, aunque no ser�a responsable que el Rey se plantara ni en Ceuta ni en Melilla -como ha reclamado estos d�as el presidente Imbroda- sin el concurso de los dos principales partidos y sin una opini�n p�blica prevenida de las consecuencias.En los casi 40 a�os de reinado de Juan Carlos I, s�lo en una ocasi�n se desplaz� a las ciudades aut�nomas. Lo hizo, junto a Do�a Sof�a, en noviembre de 2007, con Zapatero en Moncloa, en una visita que estuvo rodeada de absoluto secretismo casi hasta la v�spera, aunque se materializ� tras largas y alambicadas gestiones diplom�ticas entre bambalinas con Rabat en una estrategia de da�os controlados. Aunque, siguiendo un gui�n casi escrito, Mohamed VI puso el grito en el cielo, tach� lo ocurrido de provocaci�n y llam� a consultas al embajador marroqu� en Madrid, prim� entonces la cordial relaci�n entre las dos Casas Reales y lo estrechos que fueron los contactos entre Zarzuela y el Palacio de Rabat hasta la abdicaci�n de Don Juan Carlos. Poco tienen que ver las relaciones que han cultivado despu�s Felipe VI y Mohamed VI. Y tampoco se le ha permitido al monarca espa�ol desempe�ar un papel m�s activo -siempre en la esfera de los buenos oficios, y bajo la directriz pol�tica del Ejecutivo de turno, como no puede ser de otra manera- en las relaciones bilaterales por decisiones dif�ciles de comprender adoptadas por S�nchez y sus sucesivos ministros de Exteriores, como se vio en anteriores crisis, como la del caso Ghali.A principios de julio de 2020, el peri�dico El Faro de Ceuta adelant� que Don Felipe y Do�a Letizia iban a visitar esta ciudad y Melilla en el marco de la gira que hab�an emprendido por todas las comunidades de Espa�a tras los duros meses de estado de alarma y confinamiento estricto por la pandemia. A los pocos d�as se dio aquello por irrealizable, y ni Moncloa ni Zarzuela dieron explicaci�n alguna. Fue otra claudicaci�n ante un Marruecos que ha visto en los �ltimos a�os demasiados gestos de renuncia de Espa�a a sus principios, no digamos en lo tocante al refer�ndum en el S�hara Occidental. Los silencios del Gobierno salpican inevitablemente a la Jefatura del Estado.