Bajo las vigas de hierro forjado del mercado de San Miguel, en Madrid, la actividad gastronómica se intensifica. Atrás quedaron los madrileños que hacían la compra entre puestos de pescado y carne atendidos por vendedores de toda la vida. Ahora, un viernes por la noche, multitudes de turistas brindan con cerveza, devoran tacos de tartar de salmón y hot dogs de chorizo.Convertido en un referente gastronómico, el mercado es una parada obligada para quienes visitan Madrid, una de las capitales más vibrantes de Europa. Desde la pandemia, la ciudad se ha vuelto un imán para turistas, inversionistas, nómadas digitales y grandes fortunas en busca de un refugio. El mercado de San Miguel es uno de los beneficiados de ese auge: un negocio altamente rentable que pertenece a la familia Brenninkmeijer, fundadora de la cadena de ropa C&A.Pero no todos celebran la transformación. En las estrechas calles aledañas, Sonia de Gregorio esquiva mototaxis y lamenta lo difícil que resulta empujar una carriola entre la multitud. Profesora de arquitectura de 57 años y vecina de toda la vida del centro histórico, resume su malestar: “Me siento bastante incómoda con el ambiente. Las motos pasan a toda velocidad, hay gente ofreciendo cosas a los turistas y el olor…” El aire está impregnado de pollo frito.Los vecinos que antes compraban en el mercado ahora deben caminar 20 minutos para encontrar pescado fresco, añade. “Me dirán que soy una nostálgica y que no entiendo el espíritu de la época. Pero para mí es muy doloroso que ya no sea un lugar para los lugareños”.Son las contradicciones del éxito de una ciudad global. A la tradicional presencia de latinoamericanos con alto poder adquisitivo se han sumado estadunidenses adinerados atraídos por la arquitectura, la luz y la oferta cultural de Madrid. La ciudad es hoy más cosmopolita que nunca, pero ese cambio también alimenta un creciente malestar.
Madrid en conflicto por turismo elevado
Multitudes de extranjeros acaparan las calles de Madrid y complican la vida de los locales.






