“Venid a la finca de Aranjuez: no estamos viviendo allí, pero vamos y hacemos la foto en la piscina”, invita, amabilísimo, Pedro Trapote cuando le proponemos una entrevista veraniega. Casi no llegamos. Y eso que, además del GPS, llevamos un planito que nos ha enviado su esposa, Begoña García-Vaquero, para no extraviarnos. Aun así, pasamos un buen rato dándole vueltas al entorno del Palacio Real, hasta que un guardés sale a la verja a hacernos señas. Qué ilusos. No imaginábamos que “la finca” fueran los jardines de Oñate, en el mismísimo cogollo del casco histórico. “Dicen que esto fue el picadero de la reina Isabel II”, cuenta, divertido el anfitrión cuando por fin nos encontramos, sobre este impresionante vergel con dos casas, piscina, verandas varias, caballerizas y un idílico puente sobre un meandro del Tajo. No tenía mal gusto, la madre de La Chata.Trapote, 86 años cumplidos, la viva estampa de cierto tipo de caballero español en verano con su camisa de hilo, sus bermudas de loneta y sus mocasines de gamuza, compró este edén “sin dinero, porque no lo tenía”, en 1978. El mismo año que adquirió el vetusto Teatro Eslava, en el corazón de Madrid, “a muy buen precio, porque los dueños, entre ellos Luis Escobar, marqués de las Marismas del Guadalquivir, y el marqués de Santo Floro querían a un comprador que tuviera cariño al local y mantuviera a los taquilleros y acomodadores”. Y Trapote los mantuvo. El entonces joven empresario, que ya tenía discotecas en Torremolinos, Marbella y Canarias y había visto “el potencial de los guiris y del turismo a la hora de divertirse”, se metió en dos años de obras y convirtió el antiguo coliseo en la discoteca Joy Eslava, que, junto al Teatro Barceló —que compró años más tarde y explotó bajo el nombre de Pachá—, se erigió en el epicentro del ocio nocturno madrileño de los últimos años del siglo XX. O sea, que he aquí al hombre que fue el rey de la noche y ahora dice ser “el rey de los churros”, porque las churrerías San Ginés, el negocio que adquirió también para que sus clientes acabaran la fiesta, es el único cuya gestión conserva. “Descansar es empezar a morir y yo no me veo en casa esperando a la parca”, dispara el aludido antes de que se le pregunte siquiera qué es de su vida. Después de darnos la bienvenida junto a su esposa, Begoña, y una amiga, charlamos en el salón de una de las casas de la finca: una enorme pieza abarrotada de cabezas de toros, trofeos de caza y fotos con todo el quién es quién de la política y la vida social del último cuarto del siglo XX. A la entrada, una placa de azulejos reporta que aquí almorzó al menos un día don Juan Carlos I, rey de España, junto a su hermana Pilar, su hija Elena y algunos de sus nietos. El anfitrión, aunque confiesa haber tenido “veranos mejores”, está “tranquilo”. En abril de 2021 falleció su hijo mayor, Pedro, a los 52 años, “por una negligencia médica en los primeros tiempos terribles de la covid”, y, en 2022 su esposa, Begoña, sufrió un ictus del que está recuperada “gracias a los médicos”. Así que, en su caso, decir que está tranquilo no es poca cosa.Atrás quedaron, eso sí, sus grandes noches de vino y rosas. Hace unos años, dejó la gestión de Joy Eslava, vendió el Teatro Barceló, y ahora son sus hijos quienes están llevando la expansión internacional de las churrerías San Ginés, con nuevos locales en Austin, Miami y Manila. La de Madrid, presume el patriarca, “va como un tiro”. “Ahora los churros se toman a cualquier hora. Te aseguro que hoy, con este calorazo, van a pasar más de 5.000 personas”, arguye. O sea, ¿que sigue al pie de sus negocios? “Claro, no te jode: el ojo del amo engorda el caballo y, en esto, hay que estar encima: no va solo. Mira la Joy, que vuelve a llamarse Teatro Eslava: dejé la gestión, pero la tengo alquilada a gente principalísima, entre los que hay algún Samaranch y algún Entrecanales, que se creían muy listos y el negocio era muy fácil, y de fácil, nada. Llevan unos meses sin pagarme los alquileres, pero habrá que confiar, como confiaron en mí en su día”, bromea a medias. Trapote, hijo de un carpintero de Valladolid, se la jugó a todo o nada. Abrió la discoteca Joy Eslava el 25-F. Sí, el 25 de febrero de 1981, dos días después de que el teniente coronel Tejero entrara a fuego en el Congreso y pusiera al país en vilo. Esa fue su primera disyuntiva: abrir o no abrir, con la que estaba cayendo. Y decidió huir hacia adelante. “Había mandado 5.000 invitaciones a la inauguración y el gasto estaba hecho, así que abrí y aquello fue la locura. La gente tenía ganas de divertirse, de salir de aquella negrura, fuera de izquierdas o de derechas”. Y vaya que logró dar color a las noches. Hubo un tiempo en el que no se era nadie si no se iba a “la Joy”, como empezó a llamar todo el mundo a la sala. Políticos de todas las siglas, celebridades nacionales e internacionales: de Pelé a Maradona, de Stevie Wonder a Madonna, del príncipe Felipe a sus hermanas Elena y Cristina con sus respectivos ligues. Todo Madrid y todo el que pasaba por Madrid paraba en la Joy, y lo que pasaba en la Joy, en la Joy se quedaba.El entonces ya casi cuarentón Trapote oía, veía, callaba, alternaba. Y facturaba. “En este tipo de negocios, tienes que ser una tumba. Ves al casado con la novieta, al hermano con desviaciones, a la señora que tiene algún lío. Todos eran bienvenidos. Fueron años maravillosos. Y allí pagaba todo el mundo. Fíjate si no soy machista que fui de los primeros en cobrar entrada a las mujeres. Primero, porque podía, y, segundo, porque muchos relaciones públicas tenían su propia corte de bellezas y, si las pasaban gratis, me hacían un roto”. Diversión y caja no tienen por qué ser incompatibles.¿Cuánto sexo, drogas y rock and roll ve un empresario de la noche?No soy ningún santo. Siempre me he preocupado, y mucho, de mis responsabilidades y del presente y futuro de mis hijos. El secreto de mi éxito es una mezcla de elegir bien la ubicación del local, controlar el aforo, ser discreto y trabajar a discreción. Pero puedo presumir de que nunca, jamás, se ha traficado con drogas en mis negocios. La gente es celosa y envidiosa, y si hubiera habido algo, hubiera salido.Y aquí Trapote se autorreivindica. “Yo he partido de cero, no, de menos cero. Me fui a Barcelona a los 18 años con una mano delante y otra detrás y he hecho negocios trabajando, trabajando y trabajando. Lo mío no tiene nada que ver con ninguna herencia. Bueno, ahora ya sabes que soy cuñado de Felipe González. Pero este señor apareció en mi vida hace 17 años, porque se casó con Mar García Vaquero, la hermana de mi mujer. Y yo con él, aparte de esa relación familiar y de respeto y admiración, porque es un hombre de Estado, un intelectual maravilloso y un tío austero, no he tenido ningún otro negocio que el de ser su casero. Porque vive en una de mis casas, es mi inquilino”. ¿Y le paga?Religiosamente, el 1 de cada mes, a través de La Caixa. Felipe es mi cuñado, pero yo no soy socialista, soy un empresario liberal. En todo. No olvido de dónde vengo, y me da vergüenza pagar las nóminas que pago en las churrerías. Solo en Madrid tengo a 200 empleados haciendo chocolate con churros, que es un trabajo duro, y yo sé que pago poco. Ahora mismo, un trabajador que cobra 1.200 euros no tiene ni para pagar un piso, pero es que al empresario le cuesta más del doble. Págueles más. No da para eso. Si no, no podría expandir el negocio. Entiéndaseme: creo que hay que pagar impuestos, pero también que esa carga no se corresponde a los servicios que recibimos. Claro que apoyo y no me olvido del estado del bienestar. Claro que sé que mi mujer salió adelante gracias a los cuidados de un hospital público. Pero soy un empresario, y creo que el mayor reconocimiento que debo tener y, desde luego, mi mayor satisfacción íntima es la creación de puestos de trabajo. Yo mismo llevo cotizados 58 años, uno detrás de otro, que se dice pronto, y me ha quedado una pensión de 497 euros.¿Cómo ha visto la evolución de su amigo el rey Juan Carlos desde aquel 23-F?Me ha decepcionado y, a la vez, me da pena, porque el emérito es uno de los valores de la Transición. No solo por el 23-F, sino porque se despojó de toda la autoridad que le confirió Franco y se la dio al pueblo. Ha tenido sus debilidades como ser humano. Pero le debemos mucho, y, en esta última etapa, yo siento que tendríamos que ser misericordiosos con él y merecería estar entre nosotros.¿Qué ha sido lo mejor y lo peor de su vida?Lo peor, de lejos, ha sido perder a un hijo. Ni siquiera hay una palabra para describirlo. Soy agnóstico, pero eso me ha cambiado mi percepción de la vida. Y lo mejor, también de lejos, son las señoras. El amor con las señoras. Yo he vivido a tope. Tengo cinco hijos de cuatro madres diferentes. Me he casado cinco veces y siempre bajando la edad de la contraria, renovarse siempre viene estupendamente. Su esposa está por ahí y puede escucharle.Aparte de que siempre pienso que la última es la mejor, ella sabe con quién se ha casado. Estoy feliz. Tenemos en común un hijo maravilloso que sigue con el negocio en Estados Unidos, y dos nietos de 25 años, los hijos de mi hijo fallecido, a los que hay que sacar adelante.A los 86, ¿cómo se ve?Pues viejo, ¿cómo me voy a ver? Pero tengo un buen colchón, y no hablo de dinero, sino de que no he fumado, no he bebido, no he tomado drogas, he sido muy feliz en el amor, en los negocios y en la creación de puestos de trabajo. Soy un castellano viejo de Valladolid que no tiene ninguna intención de morirse.Dicho lo cual, cumple su promesa y se deja fotografiar largamente en la piscina con los pies a remojo bajo sus buenos 40 grados centígrados a la sombra. Mantener esto le costará una fortuna, le pincho, por si pica, y me da una cambiada: “Pero merece la pena: aquí aún hacemos alguna fiesta con los amigos, y, si no, aquí está para que lo disfruten mis nietos”. Con el último disparo del fotógrafo, nos vamos todos a la vez por donde habíamos venido. Los periodistas, con una botella de oporto, medio kilo de cacao y unas pastitas gentileza de la casa. El anfitrión, con su esposa y su amiga, a bordo del cochazo conducido por un chófer que los había traído desde su casa de Madrid, junto a una joven empleada uniformada con la neverita de playa con la que ha podido ofrecer agua y refrescos con hielo a la visita. Al día siguiente, escribe, amabilísimo, para agradecer la entrevista. Solo faltaría.