Actualizado a las 19:55h.

En los siete minutos que fue a la escuela tuvo tiempo de aprender el verso de Gerardo Diego: «La guitarra es un pozo/ con viento en vez de agua». Pepe tocaba con la orografía de Granada. Cuesta arriba. Al ritmo pastueño del camino de la ... Chumbera. Con las manos andando por el mástil como quien va desde la caída del Darro al Sacromonte. Bebiendo viento. Suspirando música. Cada falseta era una esquina de la cueva en la que se crio. Un vestigio de mosca y de cachucha. Un ay de su tía Marina en el bamboleo de los tangos del Cerro, entre los aires 'paraos' y la chispa de los merengazos. Su padre lo quitó de la taracea, 21 pesetas a la semana, para que se agarrase a la bajañí y flotase en el mar del flamenco, donde su hermano Juan era ya el tocaor de Valderrama y de Caracol. Y con 16 años, Pepe cambió las estrecheces del Albaicín por las anchuras de Madrid, la humedad de las zambras por la esperanza de los tablaos. Tenía que defender el remoquete que su viejo había heredado del guitarrista de Antonio Chacón, Juan Gandulla, el Habichuela primero, y por eso buscó una forma propia de interpretar el viento nazarí. Primero para Camarón. Después para su eco definitivo, el de Enrique Morente. Desde aquella noche en la comisaría por culpa del fandango de Cepero en el Colegio San Juan Evangelista, la guitarra del Habichuela chico se fundió con la voz de su paisano y ya no hubo quien abriese grieta. La comunión fue como la de Camarón con Paco de Lucía. Enrique cantaba mejor con el toque de Pepe. Pepe tocaba mejor con el cante de Enrique. «Qué bien sé yo la fuente que mana y corre,/ aunque es de noche», se dijeron para siempre. Por eso Morente se hizo la portada del disco de homenaje a Chacón con él. «Los dos juntos redondean/ el círculo de la plaza/ en un suelo y en un cielo/ que son desiertos del alma», se conjuraron.