El cantaor ha fallecido esta mañana en un hospital sevillano tras una larga enfermedad, a los 81 años
Nacido en la localidad de Aznalcóllar (Sevilla), se llamaba José Domínguez Muñoz, pero es dudoso que su nombre de pila fuera conocido entre los aficionados. Su imagen, que es icónica, está —y estará— asociada a su sombrero, a su real condición de cabrero, con la que se crio y a la que nunca quiso abandonar del todo y, sobre todo, a su cante, que no se entiende sin sus letras, inundadas de rebeldía y reivindicación social y campesina. La suya es una larga carrera de casi cincuenta años que se detuvo hace apenas siete, cuando enfermó y se retiró de los escenarios con la dignidad que siempre lo acompañó.
Fue el creador y dramaturgo Salvador Távora el que lo incorporó a su compañía, La Cuadra, a principios de los setenta del pasado siglo. Su cante era el complemento idóneo para el teatro del grupo, de carácter socialmente reivindicativo, pero su figura, marcada por su fuerte personalidad, se proyectaría de inmediato con una identidad propia, siendo uno de los artistas más reclamados en los por entonces esplendorosos festivales flamencos de Andalucía. También tuvo una importante proyección internacional que lo llevó a escenarios europeos —uno de sus discos más recordados es su directo en Paris (1994) con la guitarra de Paco del Gastor—y a eventos asociados con la world music.






