Los días en que la luz desaparecía, la humanidad se defendía a pedradas. Durante milenios, cuando la luz se apagaba de manera inesperada, la respuesta colectiva era el ataque. Era pura supervivencia. Si la fuente de vida era ahora una curva oscura, la mente primitiva no veía un fenómeno astronómico, sino que imaginaba unas fauces invisibles devorando el sol y, ante este fenómeno, se debía obligar al firmamento a escupirlo.
El mito del mordisco al sol es una constante en la historia de las civilizaciones antiguas. De él habla Moncho Núñez, divulgador científico y primer director de los Museos Científicos Coruñeses, en su libro Eclipses, donde analiza cómo la fantasía popular necesitaba inventar un culpable y una solución a la desaparición repentina del sol: “La gente necesitaba atribuir aquello a un animal gigante al que hacer responsable. Eso generaba un ritual que consistía en hacer ruido, sonar tambores o el gong, o lanzar piedras y flechas al aire para espantar a la criatura. Y como al rato el rito funcionaba y el sol volvía, todos quedaban felices”.
De hecho, da igual el rincón del mapa que se examine, la necesidad de certidumbres dio pie a relatos casi idénticos. Para los vikingos, la culpa era de dos lobos gigantescos empeñados en engullir la luz. En México, los aztecas temían que el jaguar de la noche mordiera el sol hasta provocar un apagón permanente que haría bajar a las fieras para exterminar a los hombres. En China, la bestia era un perro celestial al que la población intentaba ahuyentar a flechazos.












