Actualizado Martes,

agosto

11:53El Sol lleva m�s de 4.000 millones de a�os saliendo cada ma�ana. Una puntualidad que acab� por convertirlo en el objeto m�s fiable que jam�s ha conocido la Humanidad. Por eso, cuando un d�a decidi� apagarse en mitad del mediod�a, nadie pens� en la Luna. Porque un eclipse total no se parece a nada. El cielo se oscurece en pleno d�a. La temperatura cae. Los p�jaros dejan de cantar. Aparecen estrellas donde hace unos minutos brillaba el mediod�a.La Luna era una explicaci�n demasiado sencilla para un espect�culo tan extraordinario. As� que el ser humano hizo lo que mejor sabe hacer cuando no entiende algo: invent� un culpable, y no fue el mismo en todas partes. Cambiaba el idioma, cambiaba el continente, el siglo y los dioses. Lo �nico que permanec�a inalterable era la necesidad de que alguien —o algo— estuviera devorando el Sol.En la antigua China el responsable ten�a escamas. Cuando el Sol desaparec�a, se dec�a que un drag�n celestial lo estaba devorando. La reacci�n era inmediata: la poblaci�n hac�a sonar tambores, golpeaba cazuelas, hac�a estallar petardos y organizaba un estruendo monumental para asustar al monstruo y obligarlo a escupir su presa. El m�todo, visto con perspectiva, result� extraordinariamente eficaz porque el drag�n siempre acababa soltando el Sol.En la India la culpa reca�a sobre Rahu. La historia comienza con un robo de inmortalidad. El demonio Rahu consigui� beber el n�ctar reservado a los dioses, pero el dios Vishnu, ayudado de sus cuatro brazos, le cort� la cabeza antes de que el l�quido descendiera por su cuerpo. Desde entonces, solo qued� viva la cabeza. Y una cabeza inmortal tiene mucho tiempo para guardar rencor. Por eso cada cierto tiempo, Rahu alcanza al Sol o a la Luna y los devora. Pero como no tiene cuerpo ni est�mago, los astros terminan saliendo por su cuello cercenado y reaparecen al cabo de unos minutos.En la mitolog�a n�rdica hab�a lobos gigantes. Sk�ll, que significa "traici�n" persegu�a al Sol y Hati, que se traduce como "odio", hac�a lo propio con la Luna. Los eclipses eran los escasos momentos en que consegu�an alcanzarlos. Y la gran profec�a del Ragnar�k, que es como el Apocalipsis n�rdico, anunciaba que, alg�n d�a, la cacer�a terminar�a con �xito y el mundo entero quedar�a sumido en la oscuridad.En los Andes y buena parte de Am�rica prehisp�nica, el enemigo cambiaba de piel. Algunas tradiciones atribu�an el eclipse a un jaguar que atacaba al Sol. Si consegu�a devorarlo por completo, despu�s descender�a a la Tierra para hacer lo mismo con las personas. La respuesta para evitarlo volv�a a ser mucho ruido. Gritos, armas golpeando contra escudos y un enorme alboroto colectivo para espantar al felino antes de que terminara su comida. Muchas cr�nicas cuentan que se tocaban trompetas de conchas marinas, se golpeaban tambores y hasta se azuzaba a los perros para que ladraran al cielo. Cuanto mayor fuera el estruendo, mayores ser�an las posibilidades de que el animal soltara su presa antes de que el mundo quedara sumido en una noche eterna.Curiosamente, los mayas tomaron un camino distinto. En lugar de imaginar monstruos, dedicaron siglos a calcular cu�ndo llegar�an los eclipses. Sus astr�nomos registraban cuidadosamente los movimientos del Sol y la Luna y elaboraron tablas capaces de anticiparlos con una precisi�n extraordinaria para su �poca. El eclipse segu�a siendo un mal presagio, pero al menos dejaba de ser una sorpresa.Aunque la imaginaci�n humana, en lo que a eclipses de refiere, parece no tener l�mites. En la antigua Corea, los eclipses eran obra de unos perros de fuego enviados para robar el Sol. Lo atrapaban y lo mord�an, pero el astro estaba demasiado caliente y acababan por soltarlo. En Vietnam, algunas tradiciones culpaban a una rana gigantesca o a un sapo celestial. Y en otras versiones era un enorme anfibio quien engull�a temporalmente el disco solar.Nadie hab�a visto jam�s semejantes criaturas, pero todos parec�an saber exactamente lo que hac�an cuando llegaba un eclipse.Pero ser�a tentador pensar que aquellos relatos pertenec�an �nicamente a culturas lejanas. En la Europa medieval los eclipses anunciaban guerras, pestes, hambres, la muerte de reyes o la ira de Dios. Los cronistas los convert�an en pr�logos inevitables de las grandes desgracias. Si un monarca mor�a unos meses despu�s, el eclipse pasaba autom�ticamente a convertirse en la se�al que lo hab�a anunciado. La coincidencia era mucho m�s convincente que la estad�stica.Parad�jicamente, la explicaci�n real era much�simo m�s improbable que cualquiera de las leyendas. Para que un eclipse total ocurra, el Sol —400 veces m�s grande que la Luna— tiene que encontrarse unas 400 veces m�s lejos de nosotros. Una coincidencia c�smica extraordinaria que hace que ambos parezcan tener exactamente el mismo tama�o en el cielo.No hac�a falta un monstruo. Bastaba una casualidad astron�mica. Y, sin embargo, quiz� eso explique por qu� seguimos viajando miles de kil�metros para contemplar un eclipse. Ya no creemos que un drag�n est� devorando el Sol pero, cuando el d�a se convierte en noche y el cielo adquiere un color imposible, cuesta no entender a quienes, hace 4.000 a�os, buscaron desesperadamente un culpable.