Durante décadas, el yen ha sido un amortiguador esencial de la arquitectura financiero mundial. La estrategia monetaria de tipos próximos a cero instaurada por el Banco de Japón (BoJ) para catapultar el consumo en una sociedad increíblemente ahorradora y sacar al conocido como el enfermo económico internacional de la UVI, por deflación endémica, ha acabado convirtiendo a la divisa nipona en uno de los avales inversores preferido de bancos, aseguradoras, fondos de inversión y hedge funds. Todo ellos, interesados en adquirir activos más rentables que las ratios de inflación media en el resto del mundo.

Pero este cuadro de mando comenzó a resquebrajarse al acelerarse la inflación japonesa, desde finales de 2024. Con los primeros vestigios de escalada de precios, el BoJ lleva un largo año en el que ha sustituido paulatinamente su política ultra-laxa por una más restrictiva que ha llevado el precio del dinero hasta el 1%, tras el repunte de un cuarto de punto en la reunión de junio de la autoridad monetaria japonesa. Parece una subida modesta. Incluso envidiable para la mayoría de las economías del planeta, industrializadas, emergentes o en desarrollo.

Sin embargo, esta maniobra alcista ha propiciado que las rentabilidades de la deuda soberana hayan convertido al mercado de divisas en el epicentro de los riesgos internacionales. Porque la paulatina depreciación del yen amenazaba con instaurar una carrera competitiva en los valores de las monedas que empezaba a recordar a la crisis asiática de 1997, centrada en los tigres asiáticos y con Corea del Sur --ahora también con convulsiones bursátiles--, a la cabeza de los quebraderos financieros, y atenazaban ya los flujos de capital transnacionales y domésticos.