El tono de la reunión previa a la cumbre de Interior fue más constructivo que hace unos días, pero persisten serias diferencias políticas entre los socios
Tal vez sea una hipérbole calificar la migración como arma de destrucción masiva; probablemente los ceutíes no lo vieron de la misma manera el pasado fin de semana. Pero no es ningún exceso retórico argumentar que la política migratoria es a día de hoy el asunto más espinoso en la UE, con la ultraderecha cargando las tintas y la derecha, e incluso el centroizquierda escandinavo, sumándose a esa ola que tiene poco que ver con los valores que Europa dice defender. Una de las grandes excepciones es España, que está aplicando una regularización para cientos de miles de migrantes y políticas de apertura que explican, en parte, un avance del PIB muy por encima de las métricas europeas. Pero más de 60.000 personas han atravesado irregularmente las fronteras españolas —que son las de Europa— hace apenas unas horas, provocando una crisis de primera magnitud, y han reafirmado la soledad de España en esa agenda tan controvertida. Hasta 22 países capitaneados por una populista italiana, Giorgia Meloni, y la socialdemócrata danesa, Mette Frederiksen, cargaron con fuerza contra la España de Pedro Sánchez tras la avalancha ceutí con una mezcla extraña de hechos alternativos y amnesia de los valores europeos. La gélida reacción de la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, dio pábulo a esos ataques, aunque este lunes –con la crisis en vías de solución— la alemana cambió el paso y adoptó un tono más conciliador. El Gobierno español, a pesar de los errores, resolvió el grueso del problema en 48 horas. Y este martes llega su turno: España, según las fuentes consultadas, reclamará en la cumbre de ministros del Interior solidaridad a los socios y afeará a los más duros lo que Pedro Sánchez ha calificado de “reacción egoísta, polarizadora e ilegal”, guiada por “prejuicios, fake news, ignorancia o interés político”.










