Desde que la felicidad se disfraza de ser productivos, hasta las vacaciones confunden risa con prisa. Hay que acumular terrazas, viajes, conciertos, cuerpos fit. Hay que posar más que contemplar. Hay que consumir más que vivir. Incluso cuando es tiempo de celebrar el remoloneo hemos naturalizado competir en planes para que la charca del FOMO no nos haga sentir fracasados.Aunque las auténticas victorias de la vida, y sus treguas, suelen estar en las cosas gratis. Escuchar, chapotear, caminar. Echarse a pasear no cuesta moneda. Por el barrio, por las avenidas, por las alamedas, por los callejones, por la playa. Andar ligeros o despacico, andar solos o acompañados. Así empezaron tantas revoluciones: caminando juntos. Mi abuela siempre dice que solo bastan diez personas pisando el mismo recorrido sobre las zarzas para que inauguren un atajo. Para los que vengan después.Pero hay actos extraordinarios de la cotidianidad que nos pasan completamente desapercibidos al formar parte intrínseca de la feroz rutina. Tomarse tiempo a degustarlos puede ser hasta un acto contracorriente en épocas hiperconectadas en las que, a veces, ni siquiera sabemos qué hacemos porque queremos hacerlo y qué hacemos para que se vea que lo hemos hecho. Me gusta caminar. Cuando voy a algún lugar por trabajo y, sobre todo, cuando estoy liberado. Entonces, improviso. Mis piernas se mueven, mi cerebro se oxigena. Un pateo ensancha las ideas, ordena el caos, relativiza el ruido. Si mira, claro. A los balcones. O a los socavones, también. Porque caminando no queda otra que cruzarse con la realidad. La que descubre. La que encuentra, palabra que resume nuestra existencia. Ya lo recalcaba Carmen Martín Gaite, otra caminante: “La vida es encontrar interlocutor”. Y también es gratis. Aunque no siempre sea sencillo hallarlo. Porque, ojo, no es lo mismo “encontrar interlocutor” con “vamos a quedar y nos ponemos al día”. Cosa que se escucha demasiado últimamente y suena más al estresado en busca de una síntesis. Pero la complicidad es todo lo que no cabe en un tuit o en un reel. La complicidad son las conversaciones que siempre se hacen cortas, los silencios cómodos que logran que olvidemos el móvil, la ilusión de estar con quien te sientes a salvo. Las sonrisas compartidas que no cuestan dinero. Como la curiosidad que siempre está: caminando, imaginando, siendo.
La revolución de las cosas gratis
Los acontecimientos de la vida que nos pasan por delante de los ojos.







