En la era de las redes sociales sentimos la obligación de asistir a todo. Es imprescindible estar en todos los planes, en todos los conciertos, en todas las fiestas. Sabemos que los influencers de turno, pero también nuestros amigos y conocidos, van a publicar fotos y vídeos mostrando lo bien que se lo pasan en esos eventos y nos van a crear la necesidad de estar ahí. Uno acaba viendo esas publicaciones desde casa y no puede hacer otra cosa que sentir envidia y pensar que tendría que haber ido, aunque realmente no le apeteciera. No es nada nuevo; se trata del miedo a perderse algo (FOMO, por sus siglas en inglés), el lamento de que otros disfruten “experiencias más gratificantes que las nuestras o de que no estemos aprovechando plenamente las oportunidades”, como bien resume el filósofo Juan Evaristo Valls Boix. En los últimos meses, muchos habrán sentido ansiedad por todo lo que había a su alrededor y se replicaba en sus móviles: los conciertos de Bad Bunny con sus “canciones exclusivas” y sus polémicos invitados a la Casita, la vuelta de La Oreja de Van Gogh a los escenarios, el Lux Tour de Rosalía y su confesionario... Y todavía no han empezado los grandes festivales del verano ni el gran evento único de este año: el eclipse total de Sol del 12 de agosto. Dado el fervor que despiertan algunos de estos acontecimientos, es normal querer estar; es humano desear vivir la misma sensación que experimentan nuestros iguales. Por suerte para mí, y a pesar del estrés de las listas de espera virtuales, conseguí entradas para los conciertos de Bad Bunny, Rosalía y la magnífica obra de Juan Diego Botto Una noche sin luna. Tenía ganas de asistir a estos espectáculos, pero también sentí que no me los debía perder. Puro FOMO. “Has estado en todo”, comentó jocosa —y seguro que con algo de envidia— una amiga hace unos días cuando hice este repaso. El FOMO no es otra cosa que consumo, consumo y más consumo. Cada vez que seguimos a la masa por miedo a que otros disfruten y nosotros no, somos víctimas del capitalismo. Frente a este fenómeno, está el gozo de perderse algo, el gusto de perdérselo todo, el JOMO (joy of missing out, en inglés), del que da cuenta Valls Boix en JOMO, su último ensayo, publicado por Anagrama. “Designa un deseo nuevo, pequeño y valiente, poderoso y tranquilo: no consumir, no estar, no aparecer. Antes bien, quedarse, divagar, holgazanear, improvisar; vivir es decir no. El JOMO es el índice afectivo de la renuncia, señala la retirada del deseo de la economía neoliberal de la excitación. Cuando nos obligan a ganar, le cogemos el gusto a eso de perder”, escribe. En este breve ensayo, el profesor de Filosofía de la Cultura de la Universidad Complutense relata que uno de los primeros en nombrar el JOMO fue un emprendedor, quien en 2012 aseguró en una entrada de un blog que en grandes ciudades, como Nueva York, la gente debía asumir que “no se puede estar en todos los saraos que nos describen como eventos canónicos y que es mejor disfrutar de las acogedoras delicias que nos confortan en casa”. Esta corriente se extendió a partir de la pandemia, cuando nos vimos obligados a disfrutar lo que teníamos en casa porque no había otro remedio. Paradójicamente, en ese tiempo también hubo una explosión de FOMO, pues aumentó la idea de hacer planes y vivir la vida exterior por si venía otro confinamiento. Nadie se quería perder nada y, a la vez, teníamos la pulsión de mantener algo de esa vida tranquila y decir no a planes. Contradicciones del ser humano. La verdadera libertad de hoy puede que no esté en vivirlo todo y seguir a la masa, sino en elegir conscientemente qué vivimos y qué nos perdemos. Quizá así ganemos una batalla, aunque pequeñita, al feroz capitalismo.