No voy a ir al concierto de Bad Bunny, ni a la misa del Papa. No me interesa el Mundial. Pasaré el verano sin grandes viajes. Como introvertida, poseo cierta inmunidad natural al FOMO, el fear of missing out (miedo a perderse algo). Encuentro placer, de hecho, en quedarme fuera de las cosas: siempre he creído que lo mejor de una fiesta es largarse de ella. Pero aunque no pague unos cientos de euros por ver a Benito, ni vaya a dejarme más de un salario mínimo mensual para ver un partido en la fase de grupos de Atlanta, eso no quiere decir que viva ajena a la economía del FOMO, porque nadie puede ya escapar de ella.El término lo inventó en 2004 Patrick McGinnis, un estudiante de postgrado de Harvard que intentó una vez ir a siete fiestas de cumpleaños en una misma noche. La palabra hizo fortuna, pasó al vocabulario popular y, durante un par de décadas, ha servido para describir un mecanismo natural y beneficioso en su origen, porque nos empuja a salir de casa y no extinguirnos, pero que ha acabado distorsionando nuestro comportamiento al ser ampliado por las redes sociales. La gacela que no se entera y va por libre es presa fácil y no queremos ser esa gacela, pero resulta que ahora la manada es enorme, publica reels todo el tiempo y no hay forma de aguantarle el ritmo. Desde 2020, con el auge del vídeo corto y los nuevos algoritmos del “para ti”, las redes incentivan el contenido de quienes no forman parte de nuestra manada, como famosos o creadores profesionales. Cada evento, desde la Feria de Abril a San Isidro, se convierte en una oportunidad de crear y monetizar el miedo y la envidia de las gacelas que se quedaron en casa mirando.Mi FOMO es algo retorcido, porque lo que siento es estar perdiéndome algo interesante de internet. Me interesa más saber qué se cuece alrededor del concierto de Bad Bunny que el concierto en sí, porque debo estar al día. Siento que debo seguir todos los avances en inteligencia artificial, aunque no los ponga en práctica, o me quedaré fuera del sistema. Es un FOMO sobre el discurso que se produce alrededor de la realidad, no de la realidad misma. Tengo la excusa de que seguir este espectáculo forma parte de mi trabajo, pero le sucede lo mismo a buena parte de las generaciones más jóvenes. En un estudio con 1.000 universitarios, la Universidad de Chicago llegó a la conclusión de que los jóvenes usaban TikTok e Instagram por FOMO: la alternativa (abandonarlos en solitario) era peor. Más de la mitad dijo que preferiría vivir en un mundo en el que no existieran.Este nuevo FOMO es mejor negocio que el antiguo, porque a diferencia de las experiencias físicas, no termina nunca y llega a más gente. Una empieza viendo el TikTok de una chica diciendo “a todos los que van a ir al concierto de Bad Bunny les recomiendo que me bloqueen, porque el ojo de la envidia es muy malo, y que si quieren que todo les salga bien y vivir con mucha salud y felicidad bloquéenme, bloquéenme”, continúa con otro vídeo de Marta Ortega bailando en La Casita, y se acaba comprando, desde el mismo sofá y desde el mismo móvil, no una entrada, sino una camiseta de la colaboración entre Zara y el músico para no quedarse del todo fuera. Como escribió esta semana Elizabeth Duval, “sospecho que la experiencia de las redes sociales en 2026, en el fondo, no es tan distinta de la de los anacoretas: venga a oír voces y movidas en una celda”. Es más o menos lo mismo, sí, pero con una tarjeta de crédito para acallar, temporalmente, las voces.
Si vas al concierto, bloquéame
Las redes incentivan y monetizan un ‘fomo’ que no se acaba nunca











