Ilyá el camarero nunca ha vivido una temporada tan mala. En las mesas de su popular restaurante apenas hay tres clientes. Debido a los continuos cortes eléctricos, el menú se limita a platos fríos y pescado preparado a las brasas. "Hoy solo hemos tenido electricidad durante dos horas", lamenta. Esta es la nueva realidad de la Crimea ocupada, antiguo paraíso vacacional para los rusos. Cortes de luz y agua, falta de combustible y el zumbido de los drones ucranianos sobre sus cabezas. La península se ha convertido en uno de los principales escenarios de la campaña militar ucraniana de este 2026. Utilizando casi exclusivamente drones y ataques aéreos, Kiev pretende aislar Crimea —anexionada ilegalmente por Moscú en 2014 y utilizada después como plataforma para la invasión de Ucrania—, provocar el colapso de sus infraestructuras energéticas y logísticas y empujar a Rusia a abandonarla. "Estamos haciendo que su permanencia allí sea imposible", afirmó el comandante de las fuerzas de sistemas no tripulados de Ucrania, Robert Brovdi, en una reciente entrevista. Los resultados de la campaña ya son patentes, y dan la bienvenida incluso desde el tren que cruza el puente que conecta la región rusa de Krasnodar con Crimea. "Prohibido levantarse del asiento, incluso para ir al baño. Prohibido tomar fotografías", advierten las medidas de seguridad vigentes en el tren, que discurre de noche con las cortinas cerradas y sin luces. Al amanecer, llega por fin a la estación ferroviaria de Kerch, donde termina forzadamente el trayecto: nos recibe un penetrante olor a quemado y columnas de humo negro que se elevan desde el puerto, consecuencia del último ataque ucraniano. Desde esta primavera, las infraestructuras de la península figuran entre los principales objetivos de las fuerzas ucranianas, al igual que los camiones cisterna que transportan combustible desde Rusia por los territorios ocupados del sur de Ucrania. Esa autopista era una de las principales vías de abastecimiento de Crimea, pero la carretera permanece desde entonces bajo el fuego constante de los drones ucranianos de medio alcance, capaces de alcanzar objetivos móviles a más de cien kilómetros de distancia. La ofensiva desencadenó a finales de mayo una grave crisis de combustible que continúa hasta hoy. En Sebastopol, como en buena parte de la península, el suministro de gasolina está racionado mediante un sistema de códigos QR. Los precios se mantienen muy elevados y alcanzan los 250 rublos (2,7 euros) por litro, más del triple que en Moscú. A la escasez de combustible se suma la crisis energética. Especialmente durante el mes de julio, los drones ucranianos intensificaron los ataques contra centrales eléctricas y subestaciones de la península, provocando apagones generalizados. TE PUEDE INTERESAR Todo esto ha llevado a que en Sebastopol el suministro eléctrico se limite a unas pocas horas al día y los cortes suelen ir acompañados de interrupciones en el abastecimiento de agua. Al caer la noche, la ciudad queda sumida en la oscuridad. Muchas personas caminan iluminándose con la linterna del teléfono móvil, mientras los pescadores utilizan los faros de sus motocicletas para alumbrar el agua del muelle. Los habitantes se han acostumbrado al sonido de las sirenas antiaéreas, que resuenan varias veces al día, y a las ráfagas de las ametralladoras que intentan derribar los drones que se aproximan. La mayoría continúa con su rutina cotidiana y solo unos pocos buscan refugio en los búnkeres de hormigón instalados en distintos puntos de la ciudad. Hasta hace no mucho, incluso en tiempos de guerra abierta con Ucrania, Crimea era un destino aspiracional de vacaciones de playa para multitud de familias rusas. Este año, la ofensiva ucraniana ha arruinado la temporada turística. Según la Asociación de Turoperadores de Rusia, a finales de junio se habían cancelado alrededor de un millón de reservas, con pérdidas estimadas en 25.000 millones de rublos (unos 270 millones de euros). La guerra llama a la puerta de los rusos Pese a la crisis, algunos turistas siguen viajando a Crimea. "Al principio, al leer las noticias, estábamos un poco preocupados, pero luego pensamos que en nuestra región la situación tampoco es mejor", cuenta una mujer llegada con su marido desde Saratov, a casi 760 kilómetros de distancia de la frontera ucraniana. Pese a eso, la ciudad es atacada por drones casi a diario. En los cuatro días que llevamos de agosto, la refinería de la ciudad ha sido atacada en al menos una ocasión, como también lo fue en julio, junio y mayo. "Ahora, los drones atacan por todas partes", explica. Olga, que ha viajado desde Moscú junto a su marido y su hijo pequeño para pasar las vacaciones en la costa sur de Crimea, hace un retrato parecido de la capital, donde los drones se han convertido en parte de la vida cotidiana: uno de ellos cayó justo al lado de su vivienda. "Hay que seguir viviendo. No podemos encerrarnos en casa y, además, aquí el mar es precioso", defiende. Pero la llegada a una zona como Crimea, objetivo declarado de la guerra, también tiene sus riesgos. En junio, un dron ucraniano alcanzó un tren de pasajeros procedente de Moscú y causó la muerte del ayudante del maquinista. Desde entonces, el tráfico ferroviario en la península permanece suspendido. En la noche del 22 de julio, otro dron ucraniano impactó contra un edificio residencial en Yalta, hirió a 17 personas y obligó a evacuar a todos los residentes. Ucrania no dispone actualmente de los recursos necesarios para reconquistar Crimea, especialmente por la falta de efectivos. El propio Volodímir Zelenski declaró recientemente, en una entrevista concedida a Fox News, que la recuperación militar de la península no está sobre la mesa, "al menos por ahora". Pero aun así, la presión sobre Crimea está minando la moral. "Si uno mira las redes sociales, parece casi que las fuerzas ucranianas ya han llegado a Crimea: entra en pánico y hace las maletas", cuenta Viktoria, una activista prorrusa de Sebastopol. Según ella, Ucrania ha puesto en marcha una estrategia de terror psicológico destinada a sembrar el pánico tanto en Crimea como en el resto de Rusia. La campaña forma parte de una estrategia más amplia de Kiev dirigida a golpear la retaguardia rusa. Además de las refinerías de petróleo, en las últimas semanas los ataques se han concentrado también en centros logísticos e infraestructuras clave. El objetivo es elevar el coste económico y político de la guerra para Vladímir Putin y presionar al Kremlin para sentarse a la mesa de negociaciones. TE PUEDE INTERESAR La organización de Viktoria suministra equipamiento a las unidades antidrones del Ejército ruso y distribuye también bienes de primera necesidad entre la población civil. A su juicio, sin embargo, la situación permanece bajo control. "Podríamos habernos quedado sin agua y sin electricidad, pero seguimos teniendo ambos servicios, aunque de forma limitada", sostiene. A finales de junio, el Gobierno ruso declaró el estado de emergencia para hacer frente a la crisis. Entre las medidas adoptadas figuran iniciativas para estabilizar el mercado del combustible y pagos extraordinarios de unos 15.000 rublos (160 euros) destinados a las personas que permanecieron sin suministro eléctrico durante periodos prolongados. "Se incendió la hierba" Algunos residentes se quejan de que las autoridades minimizan la magnitud de la crisis, aunque las críticas abiertas al Kremlin siguen siendo poco frecuentes. Según el proyecto OVD-Info, Crimea registra desde hace años uno de los mayores índices de procedimientos administrativos y penales por delitos de carácter político. "Cuando el enemigo alcanza un objetivo y la gente ve claramente qué ha sido golpeado y dónde, las autoridades a veces hablan de la 'caída de restos de un dron' o dicen simplemente que 'se incendió la hierba'", relata un residente que pide permanecer en el anonimato. "En lugar de ocultar o distorsionar algo que todos pueden ver, deberían ser más sinceros con la población". Mientras que la situación en Sebastopol sigue siendo relativamente estable, en las zonas rurales del norte de Crimea las consecuencias para la población son mucho más severas. A lo largo de las carreteras que atraviesan la estepa se ven vehículos calcinados. La gente conduce con las ventanillas bajadas y la música apagada, atenta al característico zumbido de un dron que se aproxima. TE PUEDE INTERESAR Por las mismas carreteras circulan sin descanso camionetas equipadas con ametralladoras montadas sobre la caja: son los llamados 'grupos móviles de fuego', que constituyen la columna vertebral de las unidades antidrones de ambos bandos. Uno de estos equipos vigila el cielo sobre Salyónoye Ozero, un pequeño pueblo de apenas unos cientos de habitantes en el distrito de Dzhankói. Allí, los vecinos pasaron dos semanas sin electricidad ni agua corriente. Un pequeño comercio sigue abierto gracias a un generador. Los drones atacan la zona casi todas las noches y han dejado fuera de servicio la subestación eléctrica local. "Disparan justo encima de nuestras casas. ¿No podrían derribarlos en los campos?", se lamenta Elzara, de 45 años, una residente que acude al encuentro de unos voluntarios llegados para distribuir ayuda humanitaria. Viuda y madre de cinco hijos, explica que el huerto familiar era su única fuente de sustento. Terminó secándose por falta de agua.
El sueño ruso de 'Crimea, ciudad de vacaciones' desaparece bajo los drones: "Entran en pánico y hacen las maletas"
Ucrania reconoce que no podría recuperar el territorio anexiado por Rusia en 2014, pero busca elevar el coste económico y político de la guerra para que Putin se siente a negociar










