Jordi CorominasActualizado Lunes,

agosto

08:26En Espa�a el mito de Trieste se alimenta de t�picos que impiden conocerla como es debido. A partir de ellos se habla con mucha gratuidad de una capital literaria cuyo �ltimo mohicano ser�a Claudio Magris, una especie de ex�geta de ese pasado que jam�s volver�. Esta visi�n tiene muchas lagunas. Buena parte de ellas se deben a no querer profundizar en el fen�meno triestino, algo comprobable a partir de c�mo nuestro mundo editorial no se ha preocupado por actualizar el curso interrumpido de nuevas firmas emergidas de esa urbe fronteriza, como ocurre con Paolo Rumiz hasta El hilo infinito, s�lo traducido en Espa�a con El membrillo de Estambul, un jal�n m�s de una extensa obra basada en la observaci�n y el viaje.Con esto, en verdad, decimos poco. Nacido en el Trieste de 1947, cuando la ciudad constitu�a un Estado libre gestionado por los aliados antes de regresar en 1954 al redil italiano, Rumiz es, ante todo, un escritor fiel a los principios de su patria chica, interpretables en funci�n de c�mo quiera adquirirse un estilo. El suyo es din�mico y vive obsesionado con Europa, a sabiendas que esta fijaci�n se debe a su origen, pues desde esa encrucijada de civilizaciones s�lo puedes navegar por el Viejo Mundo hasta comprenderlo desde una �ptica federal, perfecta seg�n sus propias palabras para evitar m�s desastres, de la Guerra de los Balcanes a la Operaci�n Especial de Vladimir Putin en Ucrania.Durante mucho tiempo Rumiz fue el continuador de Fulvio Tomizza, para quien el mar Adri�tico era el puente para aunar y saltar hacia latitudes hermanadas. Sin embargo, justo despu�s de la pandemia se produjo un cambio en su trayectoria, a partir de entonces m�s enfocada hacia una defensa a ultranza de Europa en forma de canto desesperado que, quiz�, alcanz� su esplendor en Verrano di notte: lo spettro della barbarie in Europa (Feltrinelli, 2024), donde su visi�n pesimista se conjugaba con un magn�fico despliegue de su ideario contrario a los nacionalismos, excepto el europe�sta por su virtud de unir en la diversidad.En este sentido, da la sensaci�n que a nuestro protagonista podr�a aplic�rsele aquello de �a la vejez, viruelas�, como si la conciencia de una futura muerte le hubiera animado a poner toda la carne en el asador para quedar libre de pecado al no querer dejarse nada en su particular tintero. Quiz� por ello en 2025 volvi� a publicar El hilo infinito, insatisfecho con su primera versi�n, como si las p�ginas de 2019 fueran insuficientes para transmitir bien todo su compromiso, siempre plagado de enlaces con una poes�a surgida desde la m�s absoluta naturalidad.Para saber m�sEllo conlleva conectar de manera total lo pret�rito con el presente con vistas a mejorar el futuro. En El hilo infinito el recorrido se activa a trav�s de seguir los pasos de lo acu�ado por Benito de Nursia, iniciador de la vida mon�stica en Occidente. El inter�s no s�lo radica en su c�lebre ora et labora, sino en c�mo esta organizaci�n de la vida espiritual vio la luz justo cuando Europa se sumi� en la m�s profunda de las tinieblas.Los benedictinos desafiaron el triunfo de la barbarie con la simplicidad de su fe, a la postre victoriosa porque no pasaron a nadie por las armas, sino que para triunfar emplearon tretas espirituales. Su fortaleza fueron los monasterios, donde se ejerc�a tanto el don de preservar la palabra como la mudez del recogimiento.Rumiz es un maestro a la hora de manejar peque�as migajas a su favor, entre otras cosas porque domina a la perfecci�n el arte de plasmar lo visto durante sus itinerarios para reforzar sus tesis. En el caso que nos concierne tiene el viento a favor desde una premisa muy b�sica: Benito de Nursia es patr�n de Europa y con esta excusa la navegaci�n es mucho m�s sencilla, pues basta orientar la nave por el territorio comprendido entre el r�o Tajo y el Danubio, aqu� sin reminiscencias al c�lebre ensayo de Claudio Magris.Los benedictinos supieron imponerse a las adversidades hasta llegar a nuestros d�as. El autor atestigua su supervivencia, emple�ndola para colmar su texto de an�cdotas y significaciones que, con toda probabilidad, resultar�n muy atractivas para el lector espa�ol, en especial cuando se adentra en nuestras fronteras y busca interpretar la dimensi�n de Montserrat, entre otros lugares.El hilo infinito. Viaje a las ra�ces de EuropaPaolo RumizTraducci�n de �lida Ares. Anagrama.384 p�ginas. 24,90 � Ebook: 12,99 �La monta�a catalana es un ejemplo m�s que id�neo para comprender el m�todo Rumiz, sesgado a partir de su idealismo. Esa cima religiosa, con tantas historias a lo largo de su intensa y milenaria existencia, se sintetiza a partir de su Virgen negra, con un lado femenino �ptimo para comprender matices de Dios. Volcarse, para apuntalar sus teor�as, hacia lo m�stico olvida otras facetas.Desde luego queda muy bien decir que con los postulados de la comunidad establecida en este monasterio no se hubiese producido la crisis del proc�s. Por desgracia no todo es tan simple, sino m�s bien lo contrario. No podemos quitarle raz�n al triestino en ciertas apreciaciones, pero se echa de menos una mayor complejidad, pues al fin y al cabo en esa cima tambi�n se cometieron abusos a menores, omitidos como si jam�s hubiesen acaecido, pues para sus intereses es m�s perentorio exhibir que lo benedictino ha creado a lo largo de los siglos un federalismo europeo de ra�z cristiana, sui generis y para pocos elegidos.A ello contribuy� la ubicaci�n geogr�fica de sus centros, esparcidos por el continente y prueba de su variedad conceptual y filos�fica. La regla de Benito de Nursia pod�a ser una, pero en cada sitio la interpretaban a modo suo y lo mismo se da con Europa, una idea inconcreta que termina por ser m�s di�fana a partir de toda su borrosidad, pues cada una de sus motas termina por configurar una totalidad. La de El hilo infinito brilla porque tiene a Dios por bandera e ilumina a un laico muy tenaz en difundir la urgencia de abrazar sin dudas la unidad que va del Atl�ntico a los Urales, posible si la deseamos, detectable en cualquier minucia y certera si enterramos el culto al presentismo fundi�ndonos con el ayer para voltear nuestro inquietante hoy.