El escritor Guillem Frontera dijo a Cati Moyà en una entrevista que “nunca una sociedad había estado tan sorda ante las advertencias de su intelectualidad”. Comparaba el turismo con un virus descontrolado que destruye culturas. Y aunque no creía que, como pueblo, los mallorquines puedan sobrevivir, pedía que, al menos, les dejen explicar el porqué de esta extinción. Si, según Llorenç Villalonga, todos los paraísos son perdidos, la literatura escribe sobre la pérdida, para retenerla o dejar constancia de su desaparición.Cadena humana en defensa de la conservación de Es Trenc Miquel A. Borràs / EfeDesde Antònia Vicenç o Maria Antònia Oliver hasta la obra de Toni Gomila o La Calòrica, canciones de Antònia Font o Maria Jaume, pasando por prácticamente toda la creación literaria y artística mallorquina, el clamor de los isleños es rotundo; está en los carteles de Portocolom Perill de Mort que Miquel Barceló hizo en 1989 y en la consigna “Qui estima Mallorca no la destrueix” desde hace más de dos décadas. El domingo volvió a repetirse en una cadena humana para defender Es Trenc. Convocadas por el GOB, Terraferida y Menys Turisme Més Vida, unas diez mil personas exigieron la preservación de los espacios protegidos, en peligro por una ley ómnibus del Govern balear.Lo de Mallorca no es la crónica de una muerte anunciada, sino un grito de socorro que nadie atiendeHace medio siglo, las formaciones Terra i Llibertat y Talaiot Corcat ocuparon Sa Dragonera para impedir su urbanización. “Somos parte de un pueblo sumiso y desunido a la fuerza que ve con impotencia la destrucción de una tierra libre y su transformación en negocio para capital nacional y extranjero”, decían en un comunicado de 1977 recuperado por Antoni Janer y que suena demasiado presente. Esta no es la crónica de una muerte de anunciada, sino un grito de socorro que nadie atiende, la advertencia de Casandra, castigada por decir verdades que nadie quiere creer.Oírse se oye, pero forma parte de un ruido de fondo tras el rugido incesante de los aviones, los coches en los atascos, los cruceros en el puerto y las juergas de los turistas, además de la maquinaria destruyendo suelo rural para levantar chalets de lujo con piscina, mientras se abandona lo esencial. Durante el incendio en las Gavarres, se viralizó la desesperación de la payesa Núria Molla, que decía: “La tierra arde, tenemos que cambiar la manera de vivir, se ha perdido el sentido común, la tierra habla”. Es hora de escuchar de una vez.