Las lectoras y los lectores escriben sobre el avance de la turistificación, el problema de los padres en el deporte infantil, los impuestos y el Estado del bienestar, y los itinerarios estudiantiles en secundaria

Soy mallorquina de ocho apellidos. De pequeña, mi padre tenía vacas y vendía la leche; había muchos ganaderos como mi padre en la isla. Ahora quedan muy pocos, creo que tres. La idea ahora es que se lleven nuestra leche en barco para empaquetarla en la Península y luego traerla de vuelta para que la compremos en el supermercado. Una solución muy sostenible. Es solo un ejemplo del mundo loco en el que se ha convertido mi isla. La agricultura, el mundo de toda mi...

familia, está desapareciendo. Después de que el turismo haya colonizado la costa, ahora está devorando la Mallorca profunda. Al final, va a ser más fácil encontrar un mallorquín en un prado en Asturias que una vaca en un paisaje de Mallorca.

Angela Covas Riera. Felanitx (Mallorca)

Como árbitro de baloncesto, cada fin de semana me enfrento a una realidad que se aleja de los valores del deporte. Mientras los niños entran al campo con muchísimas ganas de divertirse y aprender, desde la grada recibo una lluvia de insultos, gritos intimidantes y órdenes autoritarias, de padres que parecen haber olvidado que esto es un juego. Es necesario recordar que el árbitro no es un enemigo, sino que está ahí para que el partido pueda disputarse y, sobre todo, enseñar a los niños. Sin embargo, esta cultura expulsa del arbitraje a muchas personas válidas y, lo peor, da un ejemplo nefasto a los menores. La grada debería ser un espacio de apoyo, no un tribunal improvisado donde descargar las frustraciones propias mediante la intimidación. Si los adultos no somos capaces de gestionar nuestras emociones, ¿cómo pretendemos exigir deportividad a nuestros hijos?