11 de julio, 2026 - 08h00El escritor Aldous Huxley, en su novela Un mundo feliz (1932), planteó de cierta forma que la sociedad puede caer en un proceso de idiotización mediante mecanismos sociales, muchas veces imperceptibles, en los que sus integrantes pierden la voluntad de ejercer el pensamiento crítico y de aspirar a la excelencia. En consecuencia, decae su capacidad para comprender la realidad y afrontar los problemas, hasta convertirse en seres dependientes de los designios de otros.Mientras, Neil Postman sostuvo en Divertirse hasta morir (1985) que las formas de comunicación de una sociedad definen su cultura, sus valores y su manera de pensar, y advirtió que degradar la discusión pública hasta convertirla en entretenimiento representa un grave peligro para la democracia y el pensamiento crítico.Carentes de la voluntad de entender, las sociedades se idiotizan con la dopamina del entretenimiento permanente y pierden sus capacidades esenciales de razonamiento. Convertidos más en consumidores de estímulos que en seres reflexivos, con voluntad para escoger y definir sus actos, los individuos buscan evadir la realidad, lo que los deja a merced de quienes los manipulan.Así mismo, el surcoreano Byung-Chul Han, especialmente en La sociedad del cansancio (2010), analiza cómo el capitalismo digital contemporáneo y la sobreexigencia permanente hacen que el individuo, rodeado por tecnologías que moldean su comportamiento, se vuelva simultáneamente amo y esclavo de sí mismo.Desde distintas perspectivas, estos autores advirtieron que el entretenimiento permanente y la saturación de las membranas cerebrales mediante estímulos pueden convertir al humano en esclavo de sus apetencias y no dirimente de sus decisiones. Esta no es una discusión menor. Es, de hecho, uno de los grandes debates en los cenáculos del pensamiento crítico contemporáneo. La cibertecnología, ahora impulsada por la IA, ha contribuido a uniformar las formas de pensar y reaccionar, de tal manera que la polarización campea no como un debate de ideas y conceptos, sino como un intercambio de epítetos sin sustento que exalta los más bajos instintos. Lamentablemente, los algoritmos en manos de las empresas internacionales buscan expandir su dominio, y la mercadería somos nosotros.Para controlarnos y volvernos rehenes de sus dictámenes, deben dominarnos, y una de las maneras más eficaces consiste en fomentar esa idiotización colectiva. La sobreestimulación, simplificación del pensamiento, recompensa inmediata y el desprecio de lo complejo o lo que requiere esfuerzo favorecen la formación de una sociedad que prefiere que otros tomen decisiones.Cuando, siendo estudiante, leí a George Orwell, nunca pensé que su obra maestra 1984 (1949) adquiriría una vigencia tan inquietante. Orwell advirtió sobre los peligros del totalitarismo, del autoritarismo y mostró cuán fácil es para un régimen erosionar los derechos y libertades, reescribir la historia y moldear la percepción colectiva mediante la propaganda y el control psicológico.Lo más preocupante es que este escenario ya no pertenece a la ficción. Si la capacidad de pensar críticamente continúa debilitándose, el mundo enfrentará tiempos más difíciles no por la escasez de información, sino por la creciente incapacidad para discernirla. (O)