Durante buena parte del siglo XX se sostuvo la expectativa de que el progreso científico, la expansión de la democracia y la creciente interdependencia económica conducirían gradualmente a sociedades menos violentas. Después de Auschwitz, Hiroshima y los campos de exterminio, la humanidad parecía haber aprendido que ciertos límites no debían volver a cruzarse.
La promesa implícita de la sociedad global consistía en que una humanidad crecientemente conectada desarrollaría también formas más complejas de comprensión mutua. Lo que observamos hoy, sin embargo, es una dinámica distinta: la expansión de las capacidades de comunicación ha coexistido con la expansión de las guerras, de los discursos de odio y de nuevas formas de indiferencia frente al sufrimiento humano. El siglo XXI, que fue presentado como el horizonte de la globalización, de la interdependencia económica y de la consolidación democrática, se transformó rápidamente en un tiempo marcado por la expansión simultánea de la furia y de las armas.
Vivimos en un mundo armado y más furioso.
La persistencia de las hostilidades entre Estados Unidos, Israel e Irán; la guerra interminable entre Rusia y Ucrania; la proliferación de conflictos regionales; el fortalecimiento de organizaciones criminales con capacidad militar equiparable a la de numerosos Estados; y la creciente normalización de los lenguajes de la confrontación constituyen síntomas de una profunda transformación. Lo que está en juego es tanto la estabilidad geopolítica internacional como la propia estructura moral que, después de la Segunda Guerra Mundial, permitió imaginar la posibilidad de una civilización fundada en la paz.







