Triufé es una pequeña localidad de la comarca de Sanabria, en Zamora. En el verano de 2025, sus 33 habitantes sintieron mucho miedo por el avance del fuego. Nunca antes habían experimentado esa sensación de angustia, pánico e incertidumbre por la cercanía de las llamas. El enorme incendio que, durante semanas, calcinó miles de hectáreas no logró penetrar las fronteras del pueblo. “Fue la primera vez que sentimos esta amenaza tan de cerca, fue horrible”, recuerda María Turiño, ingeniera forestal y residente de esta aldea. Pero la parálisis dio paso a la acción: crear un plan colectivo de autoprotección para cuando el fuego vuelva a acercarse. “Ya no podemos ser meros observadores de este riesgo que nos asola. Debemos asumir que convivimos con un riesgo climático estructural”, señala esta vecina.

Esta vez, el fuego se ha desbocado muy lejos del Parque Natural del Lago de Sanabria, epicentro de uno de los grandes incendios del último verano. El drama es ajeno, de otras poblaciones. Pero en Triufé lo sienten como propio. Empatizan con las nuevas víctimas de esta tragedia. “Cuando el fuego se apaga y deja de ser una amenaza latente, llega la necesidad de encontrar respuestas. Es un proceso que, en nuestro caso, derivó en la confección de un plan para, por un lado, protegernos. Por el otro, prevenir”, explica Turiño.